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Queda hecho el depósito que marca la ley.
PASO * ABATI * MARIO
LA MULATA
ZARZUELA eÓMieH EN TRES ACTOS
MÚSICA DE LOS MAESTROS
VALVERDE (hijo), CALLEJA y LLEÓ
Estrenada en el TEATRO DE ESLAVA la noche del 23 de Marzo de 1905
MADRID
R. Velasco, impresor, Marqués de Santa"' Ana, 11 Teléfono número 551
19 05
A nuestro querido amigo [magnate)
on (stlqcmctro Saint=(3ubin
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
SEBASTIANA \ Sea. Romero.
PEPETA Soler.
CARMEN i Martínez.
LUPITA (negra) Srta. Valdemoro.
MELÉNDEZ Sr. Ontiveros.
ROVIROSA Rodríguez.
MONDRAGÓN • TOJEDO.
NOGUERA Stern.
DON JUAN NEPOMUCENO (notario) Perrín.
JONÁS (
PASAJERO l.o... ( ARC0S-
FILOMENO (negro) Albaladejo.
EL CAPITÁN DEL BARCO. ....... Valiente.
UN NEGRO Sanz.
BOTERO 1.°. Asensio.
IDEM 2.° v. Lasantas.
IDEM 3.° Bonet.
Pasajeros, marineros, cargadores, boteros, negros y negras
La acción del primer acto á bordo del uapor «Urumea». Las de los dos restantes en una plantación de la República de Santo Domingo- Época actual
Derecha é izquierda las del actor
La decoración del acto segundo, la corstruyó el reputado escenógrafo D. Amalio Fernández.
ACTO PRIMERO
El teatro representa un trozo de la cubierta de un vapor, visto de costado. Con objeto de bacfr la decoración todo lo sencilla posi- ble, bastará la acción que el referido trozo sea el comprendido entre las toldillas y las máquinas. Quedará, pues, de este modo: al foro telón de horizonte; en primer término la obra muerta; todo el espacio comprendido entre el tercer término y el prosce- nio figurará ser la mitad de la cubierta, suponiéndose que la otra mitad está en el público. Rollos de cuerdas, una escotilla y el na- cimiento del palo mesana, sillas, mecedoras, etc.
EL CAPITÁN, ROVIROSA, PEPETA, PASAJERO 1.°, VIAJEROS y VIAJERAS. Al levantarse el telón los Pasajeros forman grupos al- rededor del Pasajero 1.°, que figura que templa una guitarra. Pepeta mira con un anteojo de larga vista. Kovirosa á sn lado
Marinero, marinero, que cruzas la mar bravia, vuelve pronto, que te espero llorando de noche y día, marinero, marinero.
ESCENA PRIMERA
Música
Voz
De un marinero dentro.
Pep.
Ahora me parece que no me equivoco,
ya voy viendo algo, ya veo otro poco.
ífcov Debe Ser la COSta. (Le quita los gemelos.)
Pep. Déjame, papá,
ya me has fastidiado, ya no veo ná.
PASAJ. 1.° (Que está templando la guitarra.)
Almería, Almería, Almería, qué bonita está de día. Santander, Santander, Santander, á la media noche y al amanecer.
Coro Siempre está lo mismo
con el guitarreo.
Pasaj 1.° Dándole á la i rima
me pasa el mareo.
(Concluye de templar y canta )
Cantando por di-traerme me paso la trave-ía, me dan su compás las olas y el viento sus armonías.
(ROV. (Recitado dentro de la música.)
Mol bonita canción. ¿Es de ustettoda? Pasaj. Io Sí señor.
Rov. Ya me la tiene oste que dejar para un gra-
mófono.
Pep. Cante otra más alegre.
Pasaj. 1.° Allá va.
(Cantado.)
Yo soy nativo de un pueblo que no conoce la pena, pues de treinta y cinco casas, treinta y cuatro son tabernas.
Pep.
Fasaj. l.o
(Recitado.) ¿Y la otra?
La otra es un almacén de aguardientes.
— 9 —
Otra voz Marinero, marinero,
que cruzas la mar bravia, etc.
Hablado
Cap. ¿Qué, señor Rovirosa? ¿Ve usted ya las cos-
tas americanas?
Rov. (Acento catalán.) ¿Que si me Irs veo? Como le estoy viendo á usté, ¿y tú Pepeta?
Pep. Ya lo creo: perfectamente.
Rov. (a Pepeta.) Ascolta y yo le encuentro cierto
parecido con Reus toda esa parte de la de- recha. Capitán, ¿usted ha estado en Reuá?
Cap. No, señor.
Rov. ¿De veías? Vamos, no se haga usted el mo-
desto.
Cap. Que no, hombre.
Rov. Bueno, nadie es perfecto en éste mundo;
pues póngale usted á R^us unas palmentas arriba y el oseano en la Piaza de Toros y dise ustet gemelos, solo que íeu^ es más apa- rente, y vamos, más larguito.
Cap. ¿Y usted, señorita, tenía muchos deseos de
ver esta hermosa tierra?
Pep. Sí, señor; era una de las dos ilusiones de mi
vida: ver América y comer de fonda.
Rov. Pero sobre todo ver América. (Figura qne un
bandazo del barco bace caer una silla.)
Cap. ¡Cuidado! (ei Capitán sigue paseando )
Rov. Grasias, noy. (pausa.)¿No dientes como espe-
sie de emofióu al acercarte álas riberas fe- lices donde trovarás al esposo de tus sueños?
Pep. ¡El esposo de mis sueños! Eso de venir la
mujer á buscar al hombre... parecerá que le hacemos el amor.
Rov. Y se lo hacemos efectivamente. Un hombre
tan rico, que se saca al año serca de veinte mil doscientos duros solo de la plantación... (sentenciosamente.) Qui diners ha de cobrar molts pasos ha de donar.
Pep. Con eso y conque nos resulte un salvaje...
Rov. Ei rose conmigo le sivilisará, y cállate y
date con un canto en la dentadura, que son
— 10 —
contadas las mujeres que tienen la suerte de caer sobre un plantador.
Pep. V eremos (Vuelve á acercarse el Capitán.)
Ruv. Yo estoy contentísimo, ► obre todo después
de lo que nos ha contado esta mañana ese célebre viajero...
Pep. ¡Ah! Sí, el señor Meléndez.
Rov. Según él esto es la Jauja. ¿No es verdad,
Capitán?
Cap. (con ironía.) Por lo visto el señor Meléndez
conoce el país mucho m< jor que yo, y cuan- do él lo dice sus razoues tendrá.
ESCENA II
DICHOS, SEBASTIANA, CAHMEN. Salen por la izquierda
Rov. Me inspira mucha confianza ese caballero.
¿Le ha oído usted alguna vez contar sus
«ventoras? Cap. (Riendo.) ¡No!
Seb. ^Adelantándose.) Es lástima, porqn*» no puede
usted iniaginan-'e nada tan temblé y tan interesante. Mi y «roo es uno de loe cazado- res más famosos de Santo Domingo. ¿Ver- dad? (a Carmen )
Car. Eso dicen.
Seb. ¿Cómo que e?o dicer? Eco diee él; en fin,
para haberle puesto en 1h localidad «El azo- te de las fiera*...» El tiyre, el elefante, el car- ne; o. ¡Todo lo que encuentra lo barrel
Rov. ¡Qué hombn ! ¡Qué serenitatl
Seb. Y su con< cim ento de los negocios: es uno
de los primeros coloi o< de Santo Domingo. Solo con verle cree n más de prisa las ca- ñps d^ azúcar.
R^v. ¡Y pobre de ellas si no crecieran, las barrial
Sei3. I'xh-b en el agua no digamos: es un lobo de
mar, ha sufrid > los temporales más horri- bles, y tan fresco, ¿verdad, hija mía?
Car. Eso dice él.
Seb. Aquí está. Fíjense ustedes en su actitud
tranquila, y fiera al mismo tien)po.
— 11 —
ESCENA III
DICHOS y MELÉNDEZ Mel. (Sale limpiándose el sudor, demacrado y oprimiéndose
el estómago.) La verdad es que yo no sé para qué dnií de comer en estos barcos; por lo menos si después de los postres parasen un poquito .. ¡Av! todo me da vuelta*, de pron- to, me sui>e una bola á la garganta, luego me baja, luego vuelve á subir, y dale bola... (a su mujer.) Oye, Carmencita, ¿tienes abi el agua de melisa?
C<\R . (i)ándole un fraseo.) Sí, toma.
Cap. (Aparte.) Me parece que el lobo de mar se ha
mareado.
Mel. (Aparte.) Voy á ver si en la toldilla... (Mutis.)
RoV. (A Sebastiana por Meléndez ) Se le ve el VaiOr.
¡Ah! tengo muchas g;mas de echar una pa- rrafada con su yern<» de usté*, para pedirle inf rmaciones de S¡nto Domingo, porque como nosotros vamos á ser plantadores, es decir, el futuro de esta es el que planta. Car. ¡Ah! viene usted á casar á su hija
Ruv. SI, señora; un casamiento molt gracioso,
x porque no se conocen. Seb . ¡Es raro!
Rov. Pero ya le va bien, (se sienta.)
Car. ¿Y cómo puede ser? (ídem.)
Rov. Mire, de lo más sencillo que cabe. En casa,
¿sabe? venía aparar un comi>ionistaquec nía el género des le Santo D< mingo á Reus; y es- te comisionista, al darle cuenta á su princi- pal de las operaciones, sa conoce que en la posdata le hablaba de nosotros, del cuido que tenía en casa, de las simpatías de la chica, de su laboriosidad, y poco á poco, vamos, posposdata á posdata, le fué inyectando, sin querer un amor desconocido hacia Pepeta„ basta que en este último viaje se nos descol-
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gó el comisionista pidiéndonos formalmen- te, de parte de su principal, la mano de la niña y doscientas pesetas por la comisión. Seb . Sí que es curioso.
Rov. ¡Ah! en Reus cayó como una bomba. Parece
ser que este plantador falta muchos años de España, y como se encuentra sólo, rodea- de negros, quiere una compañera que le en- dulce la existencia.
Car. ¿Y él sabe que llegan ustedes?
Rov. Ya lo creo, y buenos de duros que me costó,
porque yo, sin encomendarme á Deu ni al diab'o, le puse un cable disiendo: «Voy con la chica, vapor Urumea.» ¡jDiez y seis duros de cable!! ¿Eh?
Mel. (sale por la izquierda.) ¡Parece que con el aire se me va pasando la angustia!
Rov. jHombre, señor Meléndez!
Mel. ¿Qué hay, amigo Rovirosa?
Rov. Ustet que debe estar bien enterado, ¿qué
tal se presenta la recolección?
Mel. ¿La recolección de qué?
Rov. De caña de azúcar.
Mel. (Dándose importancia.) ¡Ah, de caña!... Sí... sí...
buení-ima. Hay cada caña. ¡Yo no sé qué va- mos á hacer con tanta caña!
Rov. Y Higa usted, esa cosa, ¿cómo la disen?... el
siroco se presenta á menudo aquí.
Pep. (Aparte á koví™ ) Papá, pero si el siroco es un
viento de Africa.
Mel. ¿El siroco? (¿Que será el siroco?; IPché!... no da mucho que hacer, porque .. tenemos la precaución de matarlo cuando es peque- ñito.
Seb. Oye, Fernando, ¿porqué no le cuentas al
señor cómo cazas las serpientes de cascabel?
Mel. Porque eso hay que verlo, contado no tiene relieve.
Car. Anda, sí, cuéntalo.
Rov. ¡Oh! mire, no dejaría de agradecérselo nun-
ca. Me embulican estos rumanses. Seb, Cuando sales escopeta al brazo.
Car. Y penetras en la espesura...
Rov. Vamos, cuente usté cómo se penetra usté
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en la espesura, hombre, que eso debe poner de punta el cuero cabelludo. Mel. Bueno, pues oid. (Siga la farsa.)
Música
Mel. Es una caza
terrible ) fiera, sangrienta y cruel. Porque se trata de la serpiente de cascabel. Para cazarla se necesita mucho valor, una escopeta, dos perros galgos y otro bul-dog.
Pep. / Una escopeta,
Car. ( dos perros galgos
Shb. y otro bul-dog,
Rov. 1 bul-dog.
Mel. Se levanta uno temprano,
se sacude lá mandanga y á buscar á la serpiente á la Pampanga.
Todos A la Pampanga.
Mel . Ya internado en la espesura
se adelanta usté al lebrel por si acaso se oye el ruido del cascabel.
Todos • Del cascabel.
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Mel. Y ala, que ala,
pisando muy quedo, así de este modo se a van/a sin miedo.
Todos Y ala que ala, etc., etc.
Mel. Unos pasos más.
TODOS (imitándole.)
Unos pasos más.
Mel. Y un silbido penetrarte,
largo, agudo, horripilante, el momento emocionante anuncia ya.
Todoí ]Oh, qué valor
hay que tener para verse de frente de la serpiente de cascabel!
Mel. Cautela hay que tener
y el arma preparar, pues suele suceder que dentro de un breñal distingue usté al reptil que agita el cascabel, tilín, tilín, tilín.
Todos Cautela hay que tener, etc., etc.
Mel.
El cuerpo se tapa entre la espe.»ura, y así la escopeta
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y en esta postura y sin disparar debe utté etperar.
Respira usté luego con satjsfación, porque es necesaria la respiración; se monta un gatillo y el otro después, y si hay otro gato, se monta también.
TODOS (Marchando cómicamente.)
Qué tiro tiene más chipén, se le ve la cabeza tre bien.
Mel. Todos
Apuntar: á la una, á las dos, y si marra, encomiéndate á Dios. Apunta.) ¡A las tres!
Pum!
Le he cascado del tiro la nuez.
Hablado
Mel. El perro la cobra, la trae y al morral. Rov. Pues, salvo lo del cascabel, es muy pare- cida á la caza del conejo.
MEL. (Viendo al Capitán que aparece por la derecha.) ¡De-
monio, el Capitán, si me habrá oído!
Rov. Yo me pasaría la vida como un tonto, escu-
chando esa historias; pero tenemos que ha- cer los equipaje. Hasta luego.
Mel. Siempre á sus órdenes.
ROV. Mollas gracias. (Mutis)
Seb. D-bías escribir un libro con tus aventuras.
Mel. Quite usted
Car. llene razón mamá, sería muy curioso.
Cap. (con ironía) Si ce de« ide usted á publicarlas reclamo un ejemplar con dedicatoria.
Mel. ¡Ay! E-te me e-tá tomando el pelo, (a car- men.) ¿Has cerrado ya los bauleb?
Car. Todavía no.
Seb. Sí; llevas razón, vamos. (Mutis las dos )
— 16 —
ESCENA IV
MELÉNDEZ y el CAPITÁN
Mel. Capitán, no quiero que se burle usted de mí y voy á serle franco; es la primera vez que vengo á América.
Cap. Franqueza por franqueza; me lo había figu-
rado.
Mel. Ustedes un hombre práctico, y quizá pue- da darme un buen consejo.
CAP. Veamos. (Le invita á sentarse )
Mel. Yo vivo en Barcelona; soy propietario del
«Gran café de ios Trópicos.»
Cap. Hombre sí; lo frecuento mucho. ¿Y cómo
dan ustedes tan mal café?...
Mel. Está todo tan malo. . Bueno, pues estaba yo una tarde en el mostrador colocando terron- citos de azúcar para el servicio...
Cap. Por cierto que dan ustedes bien pocos.
Mel. ¡Está tan cara! Cuando llegaron dos muje- res, una ¡?obre todo, ¡qué morena! aletar- gaba; se sientan en una mesa próxima al mostrador y piden dos chocolates.
Cap. Por cierto...
Mel. Sí, ya se que es de peseta. Aquellos choco- lates me perdieron. P<>r entonces se ocupa- ba mucho la prensa de un tal Mon dragón explorador y cazador de fieras, que iba á desembarcar en E-paña, y de él hablaban . las dos mujeres con entusiasmo; la morena decía: «Un hombre así, fuerte, valeroso, arrojado hasta la temeridad, es digno de ser arriado con pasión volcánica.» Créame us- ted, me sentí arrojado y explorador; hubo momentos en que ios terrones de azúcar se me antojaban islas desiertas en el inmenso Océano del platillo; los mozos del café me parecían tigres y cocodrilos... un parroquia- no que se fué sin pagar me pareció un sal- vaje... Salieron, salí tras ellas, supe que la morena marchaba á Valencia, tomé el tren,
— 17 —
me presenté como el explorador Mondragón y fui amado cual correspondía á un hombre tan valiente. Cap- ¡Qué suerte!...
Mel. Anita, a^í se llama la morena, está casada con un comisionista que durante tres meses al año la deja sola para correr la naranja, y durante esos tres meses...
Cap. Comprendido, finge usted que viene de
América y es usted feliz en sus brazos.
Mel. Completamente feliz.
Cap. Pero, ¿y su mujer de usted?
Mel. A eso voy: era preciso justificar de algún modo esos tres meses anuales de ausencia; recordé que un compañero de colegio, un tal Escoriaza, me debía cinco mil pesetas que le presté, con las cuales se vino á Santo Domingo, donde ha logrado adquirir una magnífica plantación. Siempre me está in- vitando á visitarle y esto me sugirió la idea de decir á mi mujer y á mi suegra que yo había comprado ese ingenio para utiiizar en el café sus productos, y todos los años aban- dono el hogar conyugal diciendo que voy á América, y me reúno con Anita.
Cap. Bien, pero en todo eso no veo...
Mel. ¡Ay, amigo mío! Un golpe terrible me espe- raba; mi mujer cayó enferma, y el médico mandó que pasase la convalecencia en un clima muy cálido. «Aquí de nuestro inge- nio,» dijo mi suegra. «Nos viene de perilla nuestra plantación», añadió mi mujer. Me han espachurrado, pensé yo. Traté de di- suadirlas... ¡que si quieres!... Hablé de mil peligro0, naufragios, tiburones... Propuse ir- nos á Niza, Málaga, Bilbao.
Cap. Hombre, Bilbao no es cálido.
Mel. Es que les proponía vivir en los Altos Hor- nos. Todo inútil; decidieron venir.
Cap. Valiente apuro. ¿Y cómo lo ha vencido us-
ted?
Mel. El borrador de Ja carta que escribí á Perico
Escoriaza se lo explicará. Léala usted. Cap. «Gran Perico: En momentos angustiosos
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para tí, un hombre te tendió su mano y te abrió el bolsillo. Aquella mano es la misma que traza estos renglones, aquel bolsillo era el mío. Tú tienes un ingenio: pues bien, en tu ingenio confío. Un apuro terrible me obliga á presentarme en tu casa con mi mu- jer y mi suegra, y durante mi permanencia he de pasar como dueño y señor de todo y tú como mi gerente, porque echarte á la calle me parece un poco duro.» Mel. (interrumpiendo.) ¿Verdad que es un poco duro?
Cap. (Riendo ) Claro, (continúa leyendo.) «Escoriaza,
sálvame, y para que nuestra estancia sea lo más corta posible, procura ponernos camas muy incómodas, llenas las alcobas de mos- quitos, si pueden ser trompeteros mejor, di á los negros que nos falten al respeto, y en fin, haz todo lo posible por desesperarnos. Tú antiguo compañero de colegio. — Fernan- do Meléndez.»
Mel. Hé aquí por qué navego hacia Santo Do- mingo, aterrado ante la idea de que mi mu- jer y mi suegra puedan descubrirlo todo al menor descuido.
Cap. Estando prevenido su amigo no debe usted
tener miedo.
Mel. Lo que me preocupa es que no me ha con- testado, ¿le conoce usted? Cap. No.
Mel. ¿Ni su plantación tampoco? ¡Se llama La Mulata!
Cap. ¡Ah, e.-a sí; es conocidísima! A cualquiera
que pregunte usted le dará las señas. Vaya, con su permiso, voy á dar algunas órdenes.
(Mutis.)
ESCENA V
MELÉNDEZ y NOGUERA, por la derecha
Mel. ¡Dios mío, como se descubra el enredo! No, y el capitán lleva razón; por parte de Esco- riaza no hay peligro; ahora lo que falta es
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que mi suegra se empeñe en que salga á cazar un tigre; sí, porque como no los ven- dan en la plaza, me parece muy difícil que vuelva con él.
Nog. Servidor.
Mel. Servidor.
Nog. Conque ya llegamos.
Mel. Sí, ya llegamos. (Desgraciadamente.)
Nog. Es bonito esto.
Mel. Muy bonito. ¿Usted lo conoce ya?
Nog. No, señor, es la primera vez que vengo á asuntos comerciales: corro la naranja.
Mel. ¡Eh!
Nog. Tengo una clase muy fina á veinticinco pe-
setas el millar, si el señor...
Mel, Aquí en América no recuerdo ninguno de
mis conocimientos que coman naranjas... si acaso al volver á Barcelona.
Nog. Pues ahí tiene usted mi tarjeta.
Mel. Gracias. (Leyéndola.) ¿Eh? (Asustado.) Jaime Noguera, corredor de naranja. (El marido de Anita.) Voy á sobornarle. (Alto.) ¿De mane- ra que dice usted que tiene una clase á veinticinco pesetas el millar?
Nog. Eso es.
Mel. Bueno, pues mándeme usted dos docenas.
Nog. (sorprendido.) No vendemos... al por menor.
Mel. Dos docenas de cajas, ¿estarán en cajas?
Nog. ¡Ah, sí! (Tomando nota.) ¿Dónde las mando?
Mel. 1 Apunte usted Barcelona, lista de Correos, cédula número...
Nog. (interrumpiéndole.) Le advierto á usted que en la lista de Correos no admiten fruta.
Mel. Tiene usted razón; pues entonces R. C. Cré- dito Lyonés.
Nog. Gracias: y ahora, caballero, necesito de toda su indulgencia para solicitar de usted un favor.
Mel. Diga usted.
Nog. Desde que emprendimos el viaje al oir de boca en boca el relato de sus aventuras, sen- tí deseos de intimar con usted y puesto que la ocasión se ha presentado, concédame us ted su protección.
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Mel. ¿Mi protección?
Nog. Sí; usted conoce bien este país, usted es va-
liente, usted es la única persona que puede ayudarme en roi empresa, porque yo voy á serle á usted franco, yo vengo á matar á un . hombre.
Mel. ¡Ah! ¿y quiere usted que yo le ayude?
Nog. A buscarle riada más; ese hombre es el aman- te de mi mujer.
Mel. ¡Jesucristo! [Esto me faltaba!
Nog. Tengo la prueba.
Mel. (Temblando.) La... la prueba.
Nog. Por una carta que he sorprendido me consta que el infame se embarcó en Barcelona para Santo Domingo hace unas tres semanas: y si le encuentro, si le encuentro no se me escapa.
Mei . Mire usted, señor Noguera: aquí es muy di- fícil encontrar a una persona; Santo Domin- go es grande, muy .grande: créame usted á mí, renuncie usted á buscarle.
Nog. Estaría bueno. Conozco su nombre.
Mel. (¡Maiía Santísima!)
Nog. Se llama Mondragón,
Mel. (¡ vle he salvado en una tabla!)
Nog. Y además tengo un retrato suyo.
Mel. (Adiós tabla.)
Nog. Mejor dicho, no es un retrato, es la mitad, porque mi mujer para salvarle, en el mo- mento que se lo arrebataba, se comió el resto.
Mel. ¡Qué infame! (¡No habérselo comido todo!)
Nog. Pero tenemos para ponernos sobre la pista algunos rasgos de su fisonomía.
Mel. ¡De su fisonomía! (!Demonio, mevaá recono- cer!) (Se sube el cuello de la americana y se tapa la boca con el pañuelo.)
Nog. ¿Tiene usted frío? Mel. La brisa: acaba de levantarse brisa.
Nog. Sí, que se nota: si lo habré perdido...
Mel, Déjelo usted, ya lo veré otro día. Se ha echa- do la brisa. (Ve baja el cuello.)
Nog. ¡Ah! ¡Aquí está!
Mel. (¡Maldición!) (Vuelve á hacer. el. mismo juego.)
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Nog. ¡Ve usted cómo era cierto! jTú, explorador Mondragón! ¡Explorador! ¿Usted cree que con esta cara puede ser explorador?
Mel. Yo creo que no.
Nog. Y esta nariz grosera? .
Mel. Caramba, no diga usted que... (cogiéndose su
nariz.)
Nog. Y esta boca estúpida...
Mel (jY no poder decir esta boca es mía!)
ESCENA VI
DICHOS, SEBASTIANA y CARMEN, por la izquierda
Car. ¿Molestamos?
Mel. No. Guarde usted eso. (Aparte á Noguera.)
Seb. ¿Qué mirabas?
Mel. Nada, un...
Nog. Parte de un retrato.
Mel. (¡Esta me prolonga la cara y me conoce!)
Llévese USted á Carmen. (Aparte á Sebastiana.)
Seb. Me parece que este caballero no iba á per-
mitirse...
Mel. (¡Si supiera usted quién es!) Seb. ¿Quién?
Mel. Por Dios, que no ee os escape, pero huir de su lado; es un célebre anarquista que huye de Eppaña.
Car. ¡Cómo! ¿tienes la seguridad?...
Mel. Me lo ha dicho el barbero del barco.
Nog. ¿Qué estarán cuchicheando?
Car. Haces mu}' mal en tratarte con semejante
hombre.
Mel. ¡Qué quieres, se me acercó! Además, estoy convenciéndole, porque creo que trata de volar el vapor.
S* !>jesús!
Seb. Debemos avisar al pasaje para que huya de
su lado.
Car. Llevas razón; (a Noguera, haciendo mutis.) caba-
llero, es usté digno de lástima. (Mutis.) Nog. Muchas gracias, señora.
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Seb. Caballero, no es usté digno de lástima.
(Mutis.)
Nog. ¿En qué quedamos?
Mel. Déjela usted, la pobre está un poco desequi- librada. Nog. ¿Loca? Mel. Le frita muy poco.
Nog. Conque, señor Meléndez, como nos hemos de ver con frecuencia, nada le digo.
Mel. No; quizá no nos veamos: porque yo apenas desembarque, me tengo que internar en la espesura.
Nog. Pues esta es mi mano.
Mel. Ahí va la mía, y hágame usted caso.
Nog. Imposible. (Mutis.)
ESCENA VII
MELÉNDEZ y SEBASTIANA
Mel. ¡Imposible! Lo que es imposible es que yo salga bien de este lío; y menos mal que se me ocurrió decirle á Anita que me llamaba Mondragón, si llego á poner en la dedica- toria del retrato tu explorador Meléndez» me da un disgusto este corredor.
Seb. (saliendo.' ¿Se ha marchado?
Mel. Sí.
Seb. Carmen va advirtiendo á todo el mundo. .
Mel. ¡Demonio! ¿Y á Carmen quién la mete?... Seb. Yo.
Mel. (Con tal de que no se averigüe que he sido yo el autor del lío...)
SfiB. Bien. A Otra COSa. (Con seriedad )
Mel. (¿Qué será, Dios mío?)
Seb. Al hacer el equipaje, registrando los bolsi- llos de usted, he encontrado esta carta.
Mel. (Es de Anita.)
Seb . ¿Qué responde á esto?
Mel. Que voy en seguida.
Seb. ¡Kh!
Mel. Que voy en seguida á explicárselo á usted.
- 23 -
¿A. que está dirigida á nombre de Mon dra- gón: lista de Correos, Barcelona? Seb. Es verda'd. .
Mel. Como que esa carta es para una persona de
aquí de Santo Domingo. Seb. ¿De aquí?...
Mel. Sí; un alto empleado de la plantación... mi...
mi gerente. (Trapisondistas como yo habrá muy poquitos.)
Seb. ¿De modo que tu gerente se llama Mon dra-
gón?
Mel. ¡Claro! ¿Tiene algo de particular que se lla- me Mondragón?
Seb. ¿Pero cómo estaba en tu poder?
Mel. Muy sencillo: mi gerente... (Aparte.) ¿Dónde
iré á parar? (auo ) tiene en Valencia unos amores clandestinos, y como pensaba venir este año á Barcelona, encargó que le diri- giesen allí las cartas, se deshizo el viaje, y entonces me suplicó se las recogiese yo.
Skb. ¿Y por qué la has abierto?
Mel. Pues... (¿por qué la habré abierto?) Para re- recoger una libranza del Giro Mutuo de nueve pesetas y setenta y cinco céntimos que venía dentro. (Me ha salido muy re- dondito.)
Seb. Está bien: toma; pero haces mal en prote-
ger amores de subalternos; y lo que es ese gerente me da mala espina.
Mel. Sí; es un poco ligero de cascos, pero tan fiel y tan activo...
Seb. Sin embargo...
Mel. (Aparte.) ¿A que tengo que echar á Escoriaza á la calle?
ESCENA VIII
DICHOS, ROVIROSA y PEPETA.
Rov. (a Pepeta.) Sí, mujer, sí; lo debe conocer: en
América todo el mundo se conoce. Diga us- ted, señor Meléndez, usted que sabe tan bien Santo Domingo, ¿conoce, usted, por
casualidad, á un rico plantador que le nom- bran Mondragóh?
¿Que si le conoce?... Ya lo creo, como que es su gerente.
¡ (Asombrados.) ¡Gerente!
(Aparte.) ¡Otra complicación! ¿Nada más que gerente? Entonces no es tan rico como suponíamos. ¡Ah, mare de Deu! ¿A. que nos ha engaña- do el comisionista?
No se precipite usted. (¡Cómo arreglaría yo esto!) Cierto que es gerente, ¡pero tiene un sueldo que ya, ya!
Entonces puede que esos veinte mil dos- cientos duros que se sacaba sea el sueldo. • ¡Veinte mil doscientos duros!!... ¡qué atro- cid^dl
(Aparte.) Adiós, ahora le rebaja ésta el si eldo.
¡Un gerente cien mil pesetas!
¡Es tan fiel!... ¡Tan activo!...
Aunque sea una ardilla: no es extraño que
que mantenga queridas.
¿Cómo?... ¿Q'ié dice usted?
¿Lo ves, papá, cómo te has precipitado?
¡Cuando yo decía que era un salvaje! ¡Si
tiene queridas yo no quiero casarme con él!
(Llorando )
Ah, ¿pero es nuestro gerente con quien vie- ne usted á casarse? El mismo.
Vámonos otra vez á Reus.
(¡Pobre Mondragór.!) Tenga usted un poco
de calma.
No te amontones; el señor, que es su prin- cipal, le predicará.
Su papá de usted tiene razón. Yo también me encargo de convertir á ese calavera, y si no se corrige lo echamos, ¿eh? Sí. (Lo que he dicho, Escoriaza á la calle.)
— 25 —
ESCENA IX
DICHOS, NOGUER-1, sale extrañado de que todo el pasaje le huya. CORO GENERAL con CARMEN, que forman corrillos y señalan á Noguera
Música
(Uno.)
¡Jesús quién lo pensara!,
(Otros.)
¡Jesúa, quién lo diría! Parece un hombre honrado. Pues es un criminal, que así, con disimulo, fingiéndose un viajero en tierra americana la ley quiere burlar.
Coro ¡Qué atrocidad!
(Aparece Noguera.)
Fijarse bi« n que tiene la vista extraviada, y marcha vacilante mirando en derredor. Verdad; no cabe duda, le acusa la mirada, y el tipo, y el aspecto y todo su exterior.
Nog. Pues señor, que no lo entiendo
ni comprendo por qué así el pasaje de primera, de segunda y de tercera se fija en mí.
Coro
Car.
Car. Coro
— 26 —
ROY. (A Meléndez.)
Mire usted á Noguera. Mel . Déjelo por Dios,
que es un anarquista terrible y feroz.
(Con miedo cómico.)
Los pelos tiene flácidos, la frente tiene áspera, los ojos como un vándalo, la boca como un sátrapa. Parece un poco hético, su aspecto es antipático, y aunque es algo hipotético, yo creo que es reumático y apático.
Yo soy romántico, yo soy libérrimo, y siento lástima de ese misérrimo. De facha angélica y aspecto hepático, volar toda la América, lo cual es problemático.
Coro El es romántico,
él es libérrimo, y siente lástima de ese mi-érrimo; de facha angélica y aspecto hepático, volar toda la América, lo cual es problemático.
Nog . Esto es causa por lo visto
de que tienen algún plan, y lo malo es que me miran y me huyen y se van; pero yo no lo tolero,
Car. Seb. Fep. Rov. Mel.
Mel
Todos
y aunque sea por favor,
les pregunto... (Se dirige al grapo del Coro.) (Dando un grito.)
jAy, caballero!
Solamente le pedimos
que no vuele usted el vapor.
(Al grupo de Meléndez, etc.)
¿Pero qué es lo que sucede? No se acerque.
¡Quieto ahí! Que me maten si comprendo ese afán de huir de mí.
Los pelos tiene flácidos, la frente tiene áspera, la boca como un vándalo, los ojos como un sátrapa. Parece un poco hético, su aspecto dá pavor, y al verlo tan impávido me muero de terror.
Pues señor, no sé
lo que pasará,
pero al fin se aclarará.
Procurad huir sin vacilación de ese tío tan feroz.
(Al acabar el número, el Coro hace mutis con los últi- mos compases.)
Hablado
Repito que es chocante... todo el pasaje me mira de un modo tan raro... No tengo duda, huyen de mí.
— 28 —
MEL. (Bajo á los otros.) VámonOS COn disimulo, (in-
tentan irse.)
Nog. ¿Estos también?... No hay paciencia que lo aguante. Señores, dispensen ustedes que los
detenga.
Seb. (con severidad.) A otros es á los que debieran
detener.
Mel . (Bajo á Noguera.) No le lleve usté la contra- ria, que le va á dar el ataque.
Nog. (a Rovirosa, que le mira detenidamente.) ¿Se Va US-
ted á aprender mi cara de memoria? Rov. Sí señor.
Nog. ¿Para qué?
Rov. (con ingenuidad.) Hombre, porque como nos han dicho que es usted un anarquista...
NOG. (indignado.) ¿Que y O SOV?... (Sacudiéndolo por la
solapa ) Inmediatamente el nombre del que lo ha dicho.
PfiP. (defendiendo á su padre.) Nos lo ha dicho este
Caballero. (Por Meléndez.)
Nog . (Estupefacto.) ¿Usted?
Seb. ¡Sí, señor, él que se lo ha oído decir al pe-
luquero! Nog. ¡Ah, lo mato!
Mel. (Deteniéndole.) Aguarde usted, que aquí ha debido haber una mala interpretación.
Nog. ¡Miserable!
Mel. Tranquilícese usted-
Nog. ¡Imposible!
Mel. Hágalo por mí, se lo suplico.
Nog. Esa súplica me desarma: no puedo negarle nada cuando por usted espero dar con Mon- dragón.
Rov. ¿También usted viene á buscar á Mondra-
gón?
Nog. ¿Le conoce usted?
Rov. Voy á conocerle muy pronto porque es el
gerente del señor. Nog. ¿Gerente de usted?... ¿Y por qué no me lo
ha dicho antes? Mel. Porque no lo sabía... quiero decir porque no
sabía que fuese él... ¡Habrá tantos Mondra-
gones en el mundol Nog. ¡Ay, si es el que yo busco... si es el amante
de mi mujer!...
— 20 —
Pep. ¡Papá, otra querida! (Aterrada.)
Rov. ¡Ya, ya!... ¡Caramba con mi yerno!
Nog. ¿Me ayudará usted á castigarle?
Seb . Y si él no le ayuda cuente usted conmigo:
ese hombre sin pudor merece cualquier
cosa.
Mel . (Aparte ) Escoriaza á patás á la calle.
Car. En, ¿qué es esto, paramos?
Rov n Ah, sí, mire, ya viene la visita de sanidad.
ESCENA FINAL
DICHOS, CAPITÁN, BOTEROS 1.° y 2>, MARINEROS, etc.
Hflúsica
(Esta escena continúa con música después de la parte que cantan los pasajeros, y los directores procurarán que se oiga bien.)
Pasajeros ¡Por fin llegó la hora!
Tierra arribamos,
la larga travesía
ya terminó.
Si los vientos con furia
la mar rizaron
al abrigo del puerto
ce?ó el temor.
(Continúa recitado dentro de la música todo lo res- tante de la escena hasta el final del acto.)
Cap. Señores, los pasajeros que no quieran aguar-
dar á que la marea nos permita entrar en el puerto, pueden desembarcar en lanchas.
Mei . Lo que es yo no tengo prisa.
Seb. Yo sí. (a un Botero.) Todo esto y las maletas
que hay en nuestro camarote á Ja planta- ción «La Mulata». ¿La conoce usted?
Bot. l.o Sí, mi ama.
Nog. (a otro Botero.) Oye, coge mi equipaje y á
«La Mulata». Mel. También éste.
Rov. Oiga, coja lo nuestro y arree detrás de ese mozo á «La Mulata».
— 80
JBot. 2.o Descuide.
Mel. ¡Dios mío, qué va á decir Escoriaza cuando
Vea esta invasión! (Cae sentado en una silla. Vo- ces, pito de la máquina, etc. Cruzan la escena los tres mozos con los bultos, seguidos de los personajes. Me- léndez, á invitación de Sebastiana vase tras ellos.— Telón.)
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
La escena representa la planta baja de una rica plantación. Los dos primeros términos cubiertos por un coldo; á la derecha del pú blico, dos puertas laterales que figuran dar acceso á las habitacio- nes; á la izquierda, en primer término, otra puerta que se supone conduce á dependencias de la finca Desde la segunda caja, em- pieza la plantación que sigue hasta el foro. Palmeras, sembrados, etc., á gusto del Director. Adornando las cuatro puertas de la planta baja y sobre cuatro columnitas cuatro jaulas, con un sin- sonte, un papagayo, un loro y una cotorra. Otras jaulas con pájaros, en distintos puntos de la escena. Una piel de tigre col- gada en el muro.— Pleno día. Mucha luz.
ESCENA PRIMARA
CORO DE NEGROS, NEGRAS y NEGRITOS trabajando. LUPITA en el centro cosiendo unos sacos con varias negras
Música
Todos El sol quiebra sus rayos
sobre el potrero y quema platanares
y cocoteros, sin miedo tu trabajo
sigue afanoso
vendrá el reposo.
— 32 —
Y luego al son del güiro, allá en el platanar, bailando, nuestras penas podremos olvidar.
Sigamos trabajando sin vacilación al son quejoso y triste de nuestra canción. Y así que el sol se ponga iré al potrero
para decirte ne \ %°
cuánto te quiero. Sigamos trabajando sin vacilación al son quejoso y triste de nuestra canción.
LüP. (Todos- los negros y negras al oiría cantar yan dejan-
do el trabajo y la rodean.)
Allá en el p'atanar un negó cimarrón juróme su querer y luego me olvidó. Ay, amor mío, ven al bohío que la neguita muere loca de pasión por tu traición.
Coro Qué pena da escuchar
la triste queja de una mujer, y qué malitos son los males del querer.
Lup. ¡Ay! malaya el neguito
que me juró su amor, y así su juramento el viento se llevó.
Todos
Sigamos trabajando sin vacilación
al son quejoso y triste de nuestra canción.
(Al acabar, hacen mutis.)
— 33 —
ESCENA II
MONDRAGÓN sale con una carabina que cuelga del testero de la puerta de la izquierda. FILOMENO figura que arregla las sillas
Hablado
Mon. ¿Preparaste los sacos de café?... (Filomeno no contesta ) ¿Has preguntado si se sabe cuándo
llega el vapor Uriimeaf (Filomeno no contesta.)
Estará para arribar de un momento á otro, ¿verdad?
Fil. Sepa el amito que al vapor Urumea lo espe-
raban hace dos días y creen que su retraso debe obedecer á que esté capeando algún temporal.
Mon . Con tal de que llegue...
Fil. ¿Tantas ganas tiene mi amo de ver á la
niña blanca? *
Mon . Muchas: figúrate veinte años recorriendo las selvas vírgenes lejos de España, siempre entre negros, ¡ah! y que á juzgar por el re- trato que de ella me hace en su última car- ta Queipo el comisionista, debe ser una pre- ciosidad.
Fil. Un copito de nieve.
Mon. Además, aquí hace falta una mujer que or- dene la casa, que cuide de lo que yo no puedo cuidarme. Cuando compré la planta- ción á Escoriaza... la encontré...
Fil. Sí, bastante mal.
Mon. Y á pesar de que yo...
Fil. No se descuida, no.
Mon. Ello es.
Fil. Que hace falta la amita.
Mon . Pero, hombre, déjame hablar á mí también.
Fil. Está bien. (Aparte.) Era mejó amo Escoriaza...
Mon. Conque voy á ver si está avisado el notario y en seguida vuelvo. Tú procura adquirir -noticias del Urumea y, sobre todo, ya sabes
o
— 34 —
que quiero festejar su llegada con una fiesta
de negros. (Mutis foro derecha.) (l)
Fil. - Descuide, mi amo. Vaya con Dios. Yo me enteraré. ¡Qué ganas tengo de que venga amita blanca para tener con quien hablar!
(Mutis foro izquierda.)
ESCENA III
MELENDEZ. Sale foro derecha
(Entra sudando.) Ea, ya estoy en mi casa como quien dice: ¡La Mulata! la plantación que compré hace no sé cuantos años. (Riendo.) NOj y la verdad es que como cara no me costó muy cara. Ahora, ahora es cuando puede que me cueste cara. Afortunadamen- te mi mujer y mi suegra descansan en la fonda del «Búfalo blanco», y antes de ir por ellas tengo tiempo de hablar con Esco- riaba. ¡Demonio de chico! ¡esto vale un di- neral! ¡qué vegetación! ¡qué esplendidez! ¡y qué caloi! ¡Uf! Hace más calor aquí que en el camino. ¡8e van á asfixiar! Pues en cuanto empiecen los mosquitos á hacer de las su- yas... Yo voy á pasar una noche terrible, pero anda que mi suegra... ¡Y aquí por lo visto no hay quien me dé un vaso de agua! Claro, como le dije á Escoriaza que no nos hicieran caso los criados... ¡Eh! Una voz de mujer. ¿Sí? Debe ser una negra. (Entra Sebas- tiana.) ¡Mi suegra! ¡Esta es la más negra!
ESCENA IV
DICHOS, SEBASTIANA y CARMEN. Foro derecha
Seb. ¡Ah, estás aquí!
Car. Te has marchado del hotel sin decirnos
una palabra.
(l) Siempre del actor.
- 35 —
Mel. Como estábais tan cansadas anoche, no he querido despertaros. ¿Pero por qué no ha- béis aguardado á que fuera por vosotras?
Seb. Porque estábamos rabiando por conocer la
finca; así es que hemos tomado unavolanta y nos ha traído.
Car. Los equipajes vendrán luego en un carro.
¿Pero esto es una isla desierta?
Seb. Ya, ya. No ha salido nadie á recibirnos. Yo
creí que te habias adelantado para prepa* rarnos una manifestación de negro?.
Mel. No, siempre que llego me presento sin avi- sar para sorprender los trabajos.
Seb. Bien hecho; pero no rezará con la servi-
dumbre.
Mel. Es que la servidumbre... aquí en los países tropicales no es como en nuestra tierra. . aquí duermen la siesta y deben estar dur- miendo.
Car. La siesta á las ocho de la mañana. é
Mel. ¿Cómo las ocho?... Las ocho... Y son ya lo menos... (Mira el reloj suyo.) las ocho y cuarto. Seb. Ya les daré yo descanso.
Car. ¡Qué hermoso es esto!
Mel. ¿Verdad que tuve gusto? Seb. Bueno, llévanos á nuestras habitaciones
(Entreabre la puerta primera izquierda.) ¡Qué ga- binete tan bonitol Car. (ídem segundo izquierda.) [Pues y este despacho!
Mel. ¡Pobre Escoriaza! Lo van á revolver todo. Car. (saliendo con un retrato.) Oye, oye, ¿de quién es
este retrato? niña Pancha. Mel. ¿Niña Pancha?... ¿Niña?... ¡Ah, sí, de una
muchachita... de una niña pancha: muy
mona, ya lo verás. Car. ¿Pero cómo muchachita si aquí aparenta lo
menos tener ciñcuenta años? ¡Menudas
arrugas!
Mel. (¡María Santísima!) Es el calor; como aquí tiene tanta fuerza el calor, arruga los retra- tos; pero es una niña: ya ves cuando ella misma lo dice...
Seb. Oye, oye, ¿qué es esto? Tuya, Remedios.
(Con otro retrato.)
- 36 —
Mel. (¡Vaya otro retratito!) ¿Remedios?... ¿Dice Re- medios? Seb. Sí.
Mel. ¡Ah! es una esclava, una negra; muy traba- jadora que es la pobre.
Seb. ¡¡Negra!! Pues aquí está bien blanca.
Mel. (¡Pero que no acierto ni por casualidadl) El calor; es el calor, aquí tiene el calor tanta fuerza, que se come el colorido... en seguida.
Car. No, como calor sí que lo hace.
Seb. Yo estoy sudando.
Mel. (¡El que suda tinta soy yo!)
Seb. Bueno, pues yo quizás me decida por este
gabinete: es muy mono: ahora que los mue- bles los voy á cambiar todos, ¿no te parece?
Mel. Sí, muy bien; ahora te enviaré un criado.
(Yo voy á buscar á Escoriaza, es necesario.)
(Mutis.)
ESCENA V
SEBASTIANA, CARMEN Y FILOMENO
Seb. ¿Sabes que la finca es de primer orden?
Car. Ya lo creo. Ah, mira, mamá, ahí viene un
negro.
Seb. Debe ser un criado. Este nos informará...
Fil. (ai verlas.) ¡Dos blancas!
Sfb Acércate. Somos de la familia del amo. He-
mos venido en el JJrumea ayer... Fil. ¡Ah! ¿Son amita y la mamá?
Seb. Justo.
Fil. Con razón decía el amo que era usted un
pedacito de gloria. Car. ¡Ah! pero el amo...
Seb. Sí, hija, sí; en eso has tenido suerte; tu ma-
rido será todo lo que quieras, pero no pien- sa más que en tí. ¿Y qué tal, el negocio marcha bien?
Fil. Mucho que bien. El arroz, el café y el azú-
car están tirados. Car. ¿Tirados?
Seb. Esta plantación debe valer mucho.
~ 37 —
Car. ¡Áh, es verdad
Fil. Más de cien mil pesos.
Car ( ¡^en m^ pesos!...
Car. ¿Qué te parece? Y se pasa la vida regañando
porque se gasta mucho. Seb. En adelante, yo te respondo que no será
así. (a Filomeno.) ¿Y con las negras, cómo se porta tu amo? Fil. Muy bien. No le gustan.
Seb. Lo que te he dicho: fiel como un perro.
Fil. (señalando la piel de tigre.) Las señoras no se han
fijado en la piel del jaguar, j
Fil. Tiene un balazo en mitad de la frente: se lo
dió el amo á veinte metros. Seb. ¡Madre política de un héroe y millonario,
qué suerte! Car. ¿Qué pájaro es este?
Fil. Un sinsonte: este pájaro hace un siseo como
el que llama á otro, (imitando.; ¡Pst! ¡Peí!
Seb. ¡Qué loro más hermoso!
Fil. , Por mil pesos no lo daría el amo. Habla me- jor que una persona, y... aquella cotorra también es una alhaja.
Car. ¿Qué tienen estos saquitos?
Fil. Muestras de café.
Seb. Qué tamaño más á propósito para regalar á
todos nuestros amigos de Barcelona: mira, separa todos estos, y mete esa piel en ese cuarto. Me servirá de alfombrilla.
Fil. Está bien. (Aparte.) Qué marimandona es la
blanca vieja. (Mutis primera puerta izquierda.)
ESCENA VI
DICHOS y MELENDEZ
Mel. (saliendo.) ¿Pero dónde se meterá ese Esco-
riaza?... ¡Ah! estáis todavía aquí. Seb. (con sequedad.) Aquí estamos.
Mel. ¿Eh?... (Aparte.) ¿Sabrá algo ya?
Seb. Estamos convenciéndonos de que un hom-
— SS-
bre que gana al año una porción de miles de duros, no debe escatimar en su casa nada. Car. Justo.
Mel. (inocentemente.) Opino lo mismo: si yo ga-
nase...
Seb. Ah, ¿pero es que no los gana usted?... Un
hombre que no sabe qué hacer con el azú- car, con el café, con el arroz.
Car. Acaso tenga algún lío.
Mel. (¡Caracoles!) No, mujercita mía, no. Yo te
juro...
Car. Ah, si algún día me enterase, te advierto que
te pagaba con la misma moneda.
Mel. (¡Dios mío qué horrible porvenir!)
Seb. Ah, se me olvidaba decirte que he invitado
á Noguera.
MEL. ¡A Noguera! (Asustado.)
Seb . Sí; le he convidado á pasar unos días; des-
pués de lo ocurrido le debíamos una com- pensación.
Mel. (Aparte.) Es lo que me faltaba: convidados.
ESCENA VII
DICHOS y FILOMENO
Fil. (saliendo.) Señora, el jaguar está al pie de la cama.
Mel. (Asustado.) ¿Un jaguar?...
Car. Sí. Una víctima tuya.
Mel. ¿Mía?
Seb„ Hemos reconocido tu tiro favorito.
Car. Entre ceja y ceja.
Seb. Anda, Carmen. Vamos á visitar la casa...
(Mutis por la izquierda las dos.)
ESCENA VIII
FILOMENO y MELÉNDEZ
Mel.
Así no puedo seguir. Este criado me dará razón de Escoriaza. Oye, chiquito.
— 39 —
Fil. ¿Qué manda el señor? (Aparte.) Este debe ser
el padre de la novia. Mel . Oye, ¿tú sabes dónde está el señor Escoriaza? Fil. Vaya. Sí, señor.
Mel. (Aparte.) ¡Gracias á Dios! (Con exagerada alegría.
Alto.) ¿Podría verle en seguida? Fil. ¿En seguida? En seguida que llegue usté á
Australia, sí, señó. Mel. (Aterrado.) ¿Cómo? ¿Que... que está en Aus...? Fil. ...tralia. Amo Escoriaza vendió esto hace seis
meses y se largó.
Mel. (Cayendo en una silla.— Aparte.) ¡Ay! ¡ay!... ¡qué
situación! Este entrecejo (indicando el suyo.) está pidiendo á veces mi tiro favorito. (Alto.) ¿Luego la finca no es de él?
Fil. No, señó'. Es del hombre más valiente de
por acá. De un golpe de machete, corta á una persona por la cintura.
Mel. Me veo en busto. ¿Y cómo se llama?
Fil. Amo Mondragón.
Mel. Mondiagón. ¡Estoy perdido!
Fil. (Aparte.) Voy a avisarle. (Hutía.)
Mel. ¡Qué va á decir ese tío tan valiente cuando nos vea! Y cuando vea que encima nos trae- mos convidados. Ahora sí que no hay solu- ción, es decir, sí, me queda una solución; una solución de ácido prúsico, bien cargada, y adiós vida.
ESCENA IX
DICHOS, FILOMENO y MONDRAGÓN, foro derecha
Fil . Ahí le tiene.
Mel. Adiós... ya está aquí mi hombre. Mon. ¿Conque por fin han llegado? Mel. ¡Caballero!...
Mon. ¡Qué caballero, ni qué narices! A mis brazos y bien venido.
MEL. ¡Eh! (Asustado.)
Mon. ¿Conque por fin llegó el Urumea sin que ocurriese nada?
— 40 -
MEL. ¡Nada! (Asombrado.)
Mon. Si viera usted qué dias he pasado: llegaba al puerto por ver si se sabían noticias, y nada.
Mel. Nada... (Nada, que no lo entiendo.)
~ Ion ¿Y qué hay?
Mel. (Distraído.) Nada. [Digo, usted dirá!
Mon . Le juro á usted que cuando se espera con la impaciencia que yo esperaba, vamos, es preferible que se hubieran ustedes ahogado, con tal de caberlo de una vf z.
Mel. (Aparte.) ¡Qué brutol (Alto.) ¿De modo que uf- ted nos esperaba?
Mon. Naturalmente. Queipo, el comisionista, me cableó.
Mél. ¿Le cableó? (Pero, ¿por quién me tomará?
Mon. Vaya con el señor Rovirosa.
Mel. (Aparte.) ¡Rovirosa! Acabáramos.
Mon. Es usted el vivo retrato del suegro que yo
había soñado. Mel. ¿Su suegro? (A que va acabar por ser mía la
finca.)
Mon. Queipo me ha escrito que la muchacha es una divinidad; estoy deseando estrecharla entre mis brazcs
Mel. (Aparte ) ¡¡Cuerno, esto es más grave!!
Fil. (saliendo.) Mi amo, los seis sacos quedaron
empaquetados para mandarlos lueguito.
Mon. ¿Cómo? ¿Quién ha dispuesto de los sacos?
(Mirando á Meléndez.)
Mel. (Aterrado) Le diré á usted. Yo soy incapaz de disponer del saco más insignificante, han sido las señoras que quizá, ligeramente, se han permitido...
Mon. Basta; si es así, no digo nada, ¡todo lo que hay aquí va á ser suyo! (Reflexionando.) Pero, ¿cómo es que habla usted de las señoras? ¿Vienen más de una?
Mel. Dos.
Mon. ¿La madre y la hija?
Mel. Naturalmente.
Mon . Yo le creía á usted viudo.
Mel Tcdavía no.
Mon. ¿Y dónde se meten?
Mel. Se meten en todo.-^yamos quiero decir que
- 44 —
están viendo la casa; además... (Aparte.) ¡Yo
lo desengaño ahora mismo! Mon. ¿Qué, hay dificultades? Mel. No, dificultades, no; quería decirle á usted,
que ella, la chica... Vamos, no... no... (¡No
me atrevo!)
Mon. ¿Qué es eso? ¿se va á volver atrás después
de haber venido? (con energía.) Mel. (Temblando.) [Nuncal Mon. (Más fuerte.) ¿Hay obstáculos? Mel . Nunca.
Mon . Le advierto á usted que para mí no los hay; los suprimo.
Mel. (Aparte.) Me considero suprimido.
Mon. Y ahora á otra cosa. Querido suegro, la obli- gación es antes que la devoción. En San Juan de la Manguana tengo un asunto que puede valerme veinte mil pesos... y mañana al amanecer salgo para allá.
Mel. (contento.) ¿Mañana... y al amanecer?... Cá, hombre, es mucho mejor que se vaya usted esta tarde: así se evita el madrugón y ade- más vuelve antes.
Mon. No son más que ocho días».
Mel. ¡Ocho! (Aparte.) En ocho días me llevo á esas aunque sea á nado.
Mon. Usted me dispensará.
Mel. No faltaba más. Ya lo creo.
Mon. Pero antes de marcharme, necesito que que- demos de acuerdo y arreglada la boda.
Mel. Deje usted; cuando vuelva.
Mon. (Enérgico.) Antes.
Mel. Después.
Mon. Antes.
Mel. Después.
Mon. Basta: no me gusta que me lleven la con- traria; cuando alguno me lleva la contraria...
Mel. (Aparte.) Le suprime.
Mon. Firmaremos las capitulaciones.
Mel. Bueno, las firmaremos. (Después de todo, eso nada importa y gano tiempo.)
Mon. Y ahora, Filomeno, avisa á todos que ha llegado la que va á ser el ama.
Fil. En seguidita. (Mutis.)
— 42 -
Mel. ¿Pero es que...?
Mon. No es mas que lo natural. Una fiesta de ne- gros á modo de bienvenida.
ESCENA X
OICHOS, SEBASTIANA, CARMEN, LUPITA y CORO GENERAL de negros, negras y negritos
Música
Vení, neguitos,
llegá, neguitas,
que el amo dice
que está la amita.
La amita nueva
que es un primor,
con el cutis más blanco que nieve
y el pelito más rubio que el sol.
(Van saliendo por grupos muy alegres.)
Que pronto dansen al son del güiro la guajirita con su guajiro.
(Llamando a los otros )
Deja la sombra que da el jocú,
y con tiple y vihuela allegarse más ligeros que el mismo sijú.
(Salen el resto.) AjÚ. (Salen Sebastiana y Carmen.)
¿Qué pasa?
¿Qué es esto?
(Viendo á Carmen.)
¡Oh, qué guapa es! Esto es una fiesta que os voy á ofrecer.
(a Meiéndez.) ¿Qué clase de fiesta?...
Por lo que se ve,
Seb. Car. Mon
Car. Seb. Mel.
— 43 —
pues una merienda de negros tai vez.
CORO (Rodeando á Carmen.)
Qué amita más linda, qué amita tan mona, parece un capullo más que una persona. Mon. A ver si empezamos
sin más dilación, ahora la guajira y luego el danzón.
Coro Ajú.
Fil . (a Lupita.) Prepárate, niña. Lup. Prepárate tú.
Fil. Vamos á sentarnos
y sea lo que sea.
Lup (con cariño.) ¡Feo! Fil. i Fea!
(Mondragón queda en la extrema derecha del actor. Meléndez, Carmen y Sebastiana en la izquierda. Coro eu el fondo: los negritos niños se sientan delante del coro. Lupita y Filomeno, después de bailar los compa- ses, quedan uno en frente de otro y se dirigen las co- plas intencionadamente.)
Fil. En lasarme á tí quisiera
como se enlasa el saúco á las ramas del bejuco,
vida mía, ó al tronco de la palmera.
(Bailan.)
Lup. Pa enlasar esta sintura
de ese modo que desea?, es menester que te veas,
vida mía, de rodillas ante el cura.
Fil. Y si negó no quisiera
ni pudiera ir al altar.
Pues te enlazas al saúco ó al bejuco que á niña ¡ca!
(Uniéndose.)
No me mires de ese modo si estamos en el guateque, porque miras tú de un modo,
vida mía, qu°. me vas á hacer que peque.
No me mires de ese modo, etc., etc.
j Venga el dansón ahora, j duro á los güiros,
que salga la guajira
con su guajiro.
Vamos á vé:
á la una,
á las dos,
á las tres.
(Del grupo del Coro se destaca un negro y una negra, que deben ser una pareja de baile; pero de no haberla se suplica que se le ensaye bien á los que lo bailen. Bailan los compases marcados.)
j Procurá escogé posturita J que sea bonita
mú suerta
y el cuerpo así.
(Rompen nuevamente á bailar, y mientras, Lupita en la izquierda y Filomeno en la derecha, para que se vea el baile, cantan.)
Anda, dame tú del plátano dulsón, que me gusta si es
— 45 —
de mi negó simarrón. Plátano mansango no me dea mi vida dame cuculonga ó mango.
Coro
Anda dame tú, etc., etc.
Lup. 9 Neguiia le dijo á neguito
Fil. j vé y tráeme ligero un coquito,
y negó le dijo: « tampoco >> me da mucho miedo el coco.
Coro Neguita le dijo á neguito
que coco de agüita le dé. Y el neguito, que es un guachindango y un cobarde y un zanguango, tanto miedo del coco le entró que á la nega sin coco dejó.
Lup. Fil.
Una vieja bailaba el fandango
con su guachindango. Y decía la muy coquetona,
yo soy güachindona. ¡Ay, moler! y qué vieja pendeja
si mi alma la escucha la da dos patadas en el guachindango
que no baila más.
Todos Una vieja bailaba el fandango,
etc., etc.
Lup. Fil.
Bailá, neguitos así el clansón.
(Ahora marcan todos rítmicamente el dansón.)
— 46 —
Baila ne ) ^° 1 ga de mi corazón.
(Los últimos compases procuren los Directores que bailen todo el mundo y que acaben en la orquesta al grito de)
jAjú! Hablado
Fil. ¡Que viva el amita!
Todos ¡Vivaaa! (1) (Mutis.)
Seb. Caballero, algo quejoso estábamos de su
conducta, sin embargo, esta fiesta nos re- concilia, aunque no del todo.
Mel. (Aparte.) Men<>s mal.
Seb. (a carmen.) ¿Has notado? Entre estos negros,
hay algunos verdaderamente esculturales.
Mon . (a Meiéndez, por Carmen.) Divina: no me ha engañado Queipo.
Mel. (con amargura.) ¿Le £usta á usted, verdad?
Mon. Como que lo que deben ustedes hacer es de- jarme sólo con ella.
Mel. (Aparte.) |En seguidita!
Seb. Señor Mondragón: usted supondrá que al
venir desde tan lejo?, aparte del interés en que se reponga mi hija, tengo intención de enterarme de todo al dedillo.
Mon. Es natural, en la situación que nos encon- tramos los unos y los otros.
Seb. Sobre todo, los unos que queremos ocupar-
nos detenidamente de la plantación y exa- minar las cuentas escrupulosamente.
Mon. (incomodado.) Esa es una intervención que no me favorece.
Car. (conciliadora.) Esto no quiere decir que usted
nos engañe.
Mon . (a Meiéndez.) Es adorable; oyéndola hablar
no puedo incomodarme. Mel . Le advierto á usted que á mí no me pasa lo
mismo.
(l) Mondragón— Meiéndez— Sebastiana— Carmen.
47 ~
Seb . Hemos visitado la casa con detenimiento y
hace falta que tome otro aspecto.
Mon. Señora, tenga usted en cuenta que hasta ahora es la casa de un soltero.
Seb. Lleva usted razón.
Mon. En cambio, en lo que se refiere al trabajo,
verá una actividad prodigiosa. ¡Ah, si viera
usted á mis negros!... Seb. Nuestros negros, querrá usted decir.
Mon . Bien, nuestros negros; (con galantería ) porque
muy pronto serán tan de ustedes como
míos.
Seb. (Aparte á Meiéndez.) ¿Cómo suyos? ¿Piensa
comprarte parte de la plantación? Mel. Parte de los negros. Car. (Aparte.) ¡Cómo me mira!
ESCENA XI
DICHOS y NOGUERA, foro derecha NOG. (Por el foro y con una maleta.) ¡Muy buenos
días, señores! Seb. Amigo Noguera.
Mel. (Aparte.) Vaya, éste concluye de arreglarlo.
Mon. (Bajo á Meiéndez.) ¿Quién es éste?...
Mel. Un amigo de la infancia que hemos conoci- do en el vapor. (Á Sebastiana.) ¿Supongo que no irá usted á decirle que éste es Mondra- gón, el amante de su mujer?
Seb. Me callaré para evitar escándalos.
Car. (á Noguera.) Usted no sabe lo que le agrade-
cemos que haya aceptado nuestra invita- ción.
Nog. A mí es á quien corresponde dar á ustedes
un millón de gracias.
Mon. ¿De modo que también han convidado us- tedes?..
Seb. (con ironía ) Sí, señor; ¿era necesario pedirle á
usted permiso? Mon. Permiso no, pero...
Nog. Siento que mi presencia contraríe al señor.
— 48 —
(a Sebastiana.) ¿Quién es éste tío tan antipá- tico?...
Seb. Un subalterno de la plantación.
Mon . Las habitaciones no están en condiciones, y...
Seb. En el principal hay una que da al jardín.
Mon. Es la mía.
Nog. Entonces de ningún modo.
Seb. Sí, hombre, sí. ¿Qué más da?... (a Mondragóu.)
Y siento recordarle á usted que cada uno debe ocupar el lugar que le corresponde.
Mon. Precisamente por eso...
Seb. Basta.
Nog. (a parte.) Y ahora que Caigo. (A Mondragóu.)
Caballero, ¿es usted el gerente? Mon . No, señor.
Seb. (a Meiéndez.) ¡Qué narizl Ha olfateado al ma-
rido y se niega. Mel. Vaya un pez, ¿eh?
Seb. Vamos, señor Noguera.
Nog. A sus órdenes. (Mutis.)
ESCENA XII
MONDRAGÓN y MELÉNDEZ. Después FILOMENO
Mon . (paseando agitado.) Esto no puede ser, no puede
ser y no será. Mel. Calma.
Mon. Amigo, yo siento mucho decírselo, pero tie- ne usted una mujer insoportable.
Mel. (Aparte.) ¡Ojalá!
Mon . ¡Qué carácterl ¡Qué modales!
Mel. Cuando usted sepa que la pobre está algo tocada... Pregúntele usted, pregúntele usted á ese Noguera la que le armó en el barco.
Mon. ¿Pero cómo? ¿Está loca?
Mel. No diré tanto, pero desde hace dos años, á consecuencia de una afección al hígado, es- tuvo si se va ó si Be queda y se quedó.
Mon. Siendo así, más que indignarse hay que compadecerla.
Fil. (saliendo.) ¡Señor, ahí están los potros!
- 49 ~
Voy allá. ¡Qué lastima! Y el caso es que la chica me ha chiflado por completo. Lo que es como pueda me caso hoy mismo y me la llevo mañana á. . San Juan. ¿Usted estará deseándolo, verdad? ¡Mucho!
Pues como pueda le voy á dar á usted gus- to. (Mutis Mondragón y Filomeno.)
Sí, hombre, sí, déme usted... (viendo que se ha marchado.) Déme usted un tiro que acabe de una vez. ¡Ay, Anita, Anita, por qué en vez de un cazador de fieras no te dió por un ca- fetero serio, tranquilo y de los que abusan menos de la achicoria! ¡Ay, ya no puedo más!... ¡Mi suegra insultando á ese bárbaro; ese bárbaro enamorado de mi mujer; ese otro bárbaro buscando al amante de la suya! A ver si esto no es una barbaridad, (se sienta.) ¡Y pensar que no sé cuando podré
descansar tranquilo! (intenta cerrarlos ojos.)
Música
MELÉNDEZ y CORO DE NEGRITOS. Al irse durmiendo Meléndez, que lo hará en una silla que durante el monólogo arrastrará al cen- tro de la escena, van saliendo, por grupos, los chicos, llamándose unos á otros. Adelantan, y cuando lo indica la música, Meléndez se desperaza y los chicos huyen y vuelven á salir
Chicos (con marcado acento negrito.)
Vamo á vé si se durmió.
(Se acercan.)
Está como un tronquito
el buen señó. ¡Por Dios, no rechistá!
¡Chis! no vaya á despertá.
(Meléndez, cuando lo indica la música, ronca soplando exageradamente . )
4
Mon.
Mel. Mon.
Mel.
- 50 —
Sopla de tal modo que produce espanto.
(Vuelve á soplar.)
Algo se le quema cuando sopla tanto.
Tiene en la carita pinta de guasón y usa un bigotito muy retebonito de esos que paresen un tirabusón.
(Se adelantan á la batería y le cantan al público.)
Garas me dan de registrarlo á vé si tiene alguna cosa güeña de comé.
(Suben, miran á todos lados y se dirigen á él.)
¡Ahorita!
(Empiezan á registrarlo y Meléndez, soñando, grita:)
jMondragón!
(Los negritos huyen, cómicamente.— Procúrese poner este número bien, que es de resultado seguro.)
ESCENA XIII
DICHO, ROVIROS\ y PEPETA, foro derecha (l)
Hablado
Mel. ¡Qué sueño más negro he tenido!
Rov. Sí, noy a, sí, fíjate; toda esta parte de la iz-
quierda es de Reus.
Mel Rovirosa y Compañía. ¡Qué terrible des-
pertar!
Rov. (Muy alto.) Hola, señor Meléndez.
Mel. (Asustado.) ¡Chist!... ¡No me llame usted Me-
léndez, por favor!
Rov. Ascolte, ¿y cómo le voy á llamar?
Mel. (Aparte.) ¿Y cómo le digo que me llame Ro-
virosa?... (Alto.) Pues... llámeme usted de tú ¡qué demonio!
(l) Siempre del actor.
— 51 —
Rov. Ah, mire, por mí, desde ahora tú por tú
¿verdad?
Mel. Sí, por tú. . (Por tu culpa me van á su-
primir.)
Pep. Papá, no te olvides á lo que hemo3 venido.
Rov. Ah, sí, tú dirá?, ¿pero cómo vosotros por
aquí?
Mel. No; me he supuesto que habéis venido para
irse en seguida. Rov. ¡Cá! (con satisfacción.) Nos hemos empapirula-
do á buscar á, mi yerno. Mel. (¡Demonio!) No está.
Rov. ¿Ha salido?
Mel. 81.
Pep. ¿Y cuándo volverá?
Mel. El año que viene, porque está en Australia.
Rov. EnAus... Mel. ...tralia.
Rov. Qué te parece, ¿le esperamos?
Pep. ¿Un año, papá?
Mel. Hombre, yo si fuese cuestión de un cuarto
de hora, te aconsejaría que lo esperases, pero un año...
Rov. ¡Sí que es fatalitat!
ESCENA XIV
DICHOS y MONDRAGÓN por la izquierda
Mon. (saliendo.) ¡Más gente! ¿Quiénes son ustedes?
Rov. Me hase gracia. ¿Y ustet quién es?
Mel. (Bajo á Mondragón.) Yo le diré á usté... son pa- •
rientes.. parientes pobres...
Mon. ¿Pero se han traído ustedes media España?
Mel. No hemos querido dejarlos, porque se trata
de nuestra única familia; aquí le buscare- mos colocación: son muy útiles, la chica es maestra normal y primer premio en borda- dos, y él (¡Dios mío, qué le haré á él!) él co- noce seis ó siete lenguas y es un gran mate- mático.
Mon. ¿De manera, que para llevar la contabi- lidad?...
— 52 —
Mel. |0h! eleva el cubo con una facilidad asom-
brosa.
Rov. ¿Qué estarán hablando?
Mon. (Fijándose en Pepeta.) Y la chica no es fea. ¿Y dice usted que es maestra?
Mel. Normal.
VIon. Es superior.
Mel. No, normal nada más.
Mon. Pues nada, decidido. Ustedes se quedan aquí; la niña dará clase á las negras, á ver si aprenden á leer, y usted al escritorio.
Rov. Oiga usted...
Mon. Silencio. (Ya estoy harto de que todo el mundo mande menos yo.) Ustedes harán lo que he dicho, porque por algo soy Mon- dragón...
R°pv; ¡¡Mondragón!
Rov. ¿Ustet es Mondragón? Mon. Sí señor.
Rov. Hombre, déme usted un abrazo. ¿Cuándo
ha venido ustet?
Mon. Cuando me ha dado la gana, (Tendría gra- cia que tuviera que darle cuenta á unos pa- rientes lejanos ) Conque luego le acompaña- ré á usted al escritorio y le daré los libros.
Rov. ¿Para qué?
Mon. Para que los lleve.
Rov. ¿A dónde?^
Mon. Las entradas y salidas. Y la niña desde ma- ñana á enseñar á las negras. Pep. ¿Eh? • Mon. (Llamando.) ¡Filomeno! Rov. Pero, ¿mi hija?...
Mon. Silencio, (a Filomeno.) Lleva á estos al alma- cén, y que les pongan allí dos petates. Pep. ¿Al almacén?
Mon. Y gracias.
Rov. Vaya una manera de recibirnos.
Pep. (Ya te decía yo que debía ser un salvaje.)
ROV. Que lo es. (Mutis foro izquierda.)
— 53 —
ESCENA XV
MELÉNDEZ, MONDRAGÓN y CARMEN
Mon. (a Meiéndez.) Usted comprenderá que...
Mel. No, si ha hecho usted bien. Y lo mejor era
que sin volverlos á ver los echase usted con Filomeno mismo, á palos ó como fuera.
Mon. Si no fueran parientes de usted.
Mel. Le advierto á usted que es un parentesco
muy lejano. Un tío de ellos era primo ter- cero de un primo quinto del hermano ma- yor de la cuñada de mi mujer: figúrese usted.
Car. (saliendo.) ¿He dejado aquí mi sombrero?
Mon. (¡Ella! ¡Qué bonita es!) (Alto.) Aquí está, vida mía.
Car. ¿Eh? Mel. ¡¡Arrea!!
Mon. Sí, vida mía, ¿por qué te extrañas? Mel. Hombre, que estoy yo delante. Mon . Hágale usté el distraído. Mel. Eso, para que usted se distraiga.
Mon . T Oma. (Alargándole el sombrero y le coge la mano.)
¡Qué mano de azucena!
Car. ¡Caballero!...
Mel. ¡Ay, que ya se toma la mano!
Mon. Un beso.
Mel. No, eso no.
Car. ¡Socorro! (Al ver que le quiere coger la mano )
Mel. ¡Miserable! (Le da una bofetada.)
Mon. (con ira.) ¡¡Una bofetada á mí!!
Mel. Me suprime.
SEB. (Saliendo con Noguera.) ¿Qué OCUrre?
Mel. Que he abofeteado al señor porque quería
darle un beso á Carmen. Mon. Nada más natural. Seb. Sinvergüenza.
Mon. No la contesto porque ya sé que está loca.
SEB. ¡Loca yo, Salvaje! (Le da otra bofetada.)
Mon. ¡Rayos! Vais á saber quién es Mondragón.
— 54 —
Nog. (ai oirio.) ¡¡Mondragónü ¡Tú eres Mondragón!
¡Toma, Seductor Vil! (Le da otra bofetada.) MON. (Cogiendo la carabina.) ¡Se acabó!
MEL. ^Tapándose con las macetas.) ¡No quedamos ni
Uno! (Filomeno sujetando á Mondragón.)
Mon. ¡No va á quedar ni un Rovirosa vivol (salen
8l mismo tiempo Rovirosa y Pepeta, y procúrese que oigan las últimas palabras de Mondragón.)
Rov. j ¿Pero nosotros qué hemos hecho? ¡¡Perdón!!
PeP. } (Hincándose de rodillas.)
MoN. ¡LOS fusilo á todos! (Mondragón se ecba la carabi-
na a la cara. Cuadro; va cayendo el telón; antes de- tocar en el suelo se oye un disparo y un grito de terror.)
FIN DEL ACTO SEGUNDO
Tía.
ACTO TERCERO
La misma decoración del acto segundo. El loro ha desaparecido del sitio que estaba; en su lugar una esterilla con retratos.
ESCENA PRIMERA
PEPETA sentada eu una silla, á su lado, de pie, los negritos (chi- cos) y las negritas con cartillas; ROVIROSA, á la izquierda (del actor) ajustando cuentas en dos libros sobre un velador pequeño
Música
Coro A-be-ce efe-ge hache-i jota-ka.
Pep, Jota ka.
Coro Ele-elle eme-ene o-pe-qu erre-ese te- u.
— 56 —
Pep.
Coro
Pep.
Coro
Pep.
Coro
Pep.
Coro
Pep.
Coro
¿Be-a?
Ba. ¿Be-e?
Be. ¿Be-i?
Bi. Ba-be-bi.
¿Be-o? * Bo. ¿Be-Ú?
Bu.
Ba-be-bi-bo-bu.
Pep.
Chico Todos
No estoy descontenta,
muy bien lo sabéis,
ahora es preciso
que no lo olvidéis.
Conque vamos á ver
y contéstame tú. (a un chico.)
Efe-u, ¿cómo suena?
Fu-fu.
Fu-fu.
Pep.
Coro
Pep.
Coro
Pep.
Coro
Pep.
Coro
(Riendo.)
(ídem.)
(Llorando.)
¿Jota-a? ¡Já, ja, já! ¿Jota-e? ¡Jé, jé, jé! ¿Jota-i?
Ji, ji. ji- ¿Jota-u? Ju-ju.
Niños Ya cansados estamos,
nenita rica, de tanta gramática y arimetica.
Negras Cuéntenos usté, nena,
cualquiera cosa de esas que allá en su tierra son muy graciosas.
— 67 —
Pep. Pues atención,
Coro Chito, calla;
cuando usted quiera puede empezá.
Pep . (Acerca la silla á la batería, se sienta y rodeada del
Coro y como si les contase un cuento, canta:) Pues
señor...
En España todo el mundo cumple la ley sin demora, los cocheros van al paso si se les toma por horas. ' No se fuma en los teatros cuando no se tiene gana, los tranvías sólo cogen diez ó doce por semana; se vacuna todo el mundo por librar la enfermedad, y por si alcanzan el gordo del sorteo nacional. Negiriri, £uiri, guiri, guirito cimarrón, id pronto á ver tan gran nación.
Coro Neguiri, guiri, guiri,
guirito cimarrón, no quiere ver tal población.
Pep. Pues señor...
En España los domingos no se permite hacer nada, y la vida en tales días se queda paralizada. Nunca en sábado los novios se deciden á casarse, pues la ley al otro día les prohibe expansionarse.
— 68 -
Y si en domingo un enfermo va á morir sin remisión, ó para el limes lo deja ó va á la delegación.
Neguiri, guiri, guiri, \
guirito cimarrón,
id pronto á ver
tan gran nación.
Coro Neguiri, guiri, guiri, etc.
(si se repitiesen pueden cantarse los que van á conti- nuación.)
En España disfrutamos de una salud excelente, y tan solo por capricho se muere á v^ces la gente. Ya no hay fiebres, no hay viruela-, no hay tifus ni escar atina, y ha llegado á ser inútil el sulfato de quinina. Pero e¡rtá muy enfermita la peseta nacional, y el médico que la cuida nos resulta un colegial. Neguiri, guiri, guiri, etc.
En España no hay manera de que se ría la gente, y el que busca esparcimiento moléstase inútilmente. El dramita comprimido sólo se ve en Ion teatros y se venden las butacas con bromuro de potasio. Pero siempre hay un recurso y consiste en asistir á una sesión del Congreso, jque eso sí que hace reir! Neguiri, guiri, guiri, etc.
— 59 —
Hablado
R/v. Ea, ya acabé con el libro mayor; ahora va-
mos á hacer estos asientos en el de entradas y salidas.
Pep. Está bien; ya conocéis las letras.
Rov. Día veinte: Entra plátano; sale cacao. Día
veintiuno: Entra cero cero; sale cacao. Pep. (a una negra.) A ver tú: la te con la a...
Neg^a 1.a Ta.
Pkp. (a otra.) La te con la i.
Negra 2.a Ti.
Rov. Día veintidós: ídem ídem; sale cacao.
Pep. A ver esas pequeñitas: La be con la a. (Las
negras no contestan.) ¿Qué es eso, ya no os acor- dais después de las veces que lo he repe- tido?
Rov. Día veintitrés: Idem ídem.
Pep. Está visto: quien con niños se acuesta ..
Rov Sale cacao. ¡Qué barbaridad, cómo se vende
este producto! Día veinticuatro: Entran dá- tiles; (Escribiendo.) salen veinticinco arrobas de mangos.
Pep. iSi sois aplicadas, prometo enseñaros cancio-
nes y bailes. TODAS (Con alegría.) ¡Ajú! Rov. JMás mangos.
Pep. Conque al trabajo hasta la hora del repaso.
(Hacen mutis con un bis de la música.)
Rov Idem ídem mangos.
Pep. (a Rovirosa.) ¿Qué haces?
Rov Aquí estoy mangoneando.
Pep. ¿Has pensado seriamente lo que te dije,
papá?
Rov ¿Qué, volvernos á Reus?
Pep. Cuanto antes mejor. Ya ves que mis profe-
cías se han cumplido: mi futuro esposo es un completo salvaje.
Rov Ya parece que se ha calmado un poco, pero,
sin embargo, no cesa de repetir que siente no haber matado á un Rovirosa en lugar de un loro, cuando se le escapó el tiro.
— 60 —
Pep. Lo que hace con nosotros es incalificable.
Mira tú que educar yo negras...
Rov. Pepeta, no te quejes; si te hubieran dado á
tí estos folletos, ya verías lo que es bueno. ¿Pues no se ha empeñado en que conozco siete idiomas? Y que yo sepa, son dos nada más: la lengua catalana y el dialecto caste- llano.
Pep. Además, nos está matando de hambre.
ESCENA H
DICHOS. FILOMENO con un cablegrama en la mano
Fil. (saliendo.) De parte del señor Mondragón,
que me diga lo que dice este cablegrama.
Rov. (a Pepeta.) ¿Lo ves? Y me niego y voy á ha-
cerle compañía al loro. A ver, trae. (Leyendo.) «Retirez marchan dises, Dimanche á Cette par talón.» (¡Cualquiera sabe lo que es esto!)
Fil. ¿Qué dice? -
Rov. Muy fácil: « Retirez», que se retira, «mar-
chen dises», ó que se marcha como quien dice, ¿sabes? «Dimanche á Cette par talón». (Repitiendo.) Dimanche á Cette par talón. ¡Ah, sil Que con qué se quitan las manchas de aceite en el pantalón: ¡Muy fácil!
Fil. No lo comprendo.
Rov. (Aparte.) Ni yo tampoco.
Fil. Bueno, ¿pero qué se le contesta?
Rov. Pues que con bencina, ó con lo que le dé la
gana.
Fil. Bueno, pues quédese con él para la contes-
tación, y si han acabao el trabajo, amo ha dicho que se vaya la niña á tostar café, y usted á echar unas cartas al correo.
Rov. (Aparte.) A echar unas chuletitas en el apa-
rato digestivo sí que iría.
Fil. Mire, pa el correo hay una buena longa-
niza.
Rov. Menos mal.
Fil. Conque, lueguito.
— 61 —
Rov. ¿Lueguito? Lueguito lo que hago es plantar-
me y acabar de uoa vez.
PEP . Sí, papá, á ReUS. (Mutis los dos.)
ESCENA III
FILOMENO, JUAN NEPOMUCENO, notario. Poco después MONDRAGÓN
Fil. Niña, profesora es simpática, más simpática
que aaiita nueva. Juan (saliendo.) ¡Hola, etiope! Fil. Señó notario, amo estaba impaciente por
verle.
Juan Sí, ya sé, la llegada, el disgusto, todo. Ayer no pude venir porque estuve cazando, ya sabes que es mi delirio, y hoy, hoy tengo también partida, por eso necesito verlo cuanto antes.
FíL. Aquí llega. (Mutis Filomeno.)
Mon. (saliendo.) Señor don Juan Nepomuceno...
Juan Querido el ente, siento en el alma no haber
venido ayer; pero una partida... ¡qué parti- da, amigo mío! Tiré un tucán: Rampastus Temminki. ¡Oh! fué un excelente tiro.
Mon . Bien; ya sabe usted que deseo firmar el con- trato de capitulaciones cuanto antes.
Juan Ese es mi procedimiento, nada de espera,
se busca la pieza, salta y fuego.
Mon. Además, á cada momento están surgiendo disgustos y...
Juan Sí; por cierto que me extraña que con su
génio haya tolerado... (Indicación de bofetada.)
Mon. ¿Qué iba á hacer? Matar á mi suegro antes de casarme no me pareció prudente. En cuanto al señor Noguera, á eso de las doce habrá subido al cielo. Le aseguro á usted que en esa familia, así como los hombres son insoportables, las mujeres son encanta- doras, aun esa misma maestra normal, esta mañana me fijé en ella, y es un buen bo- cado.
Juan ¡Hola! estaba usted de acecho.
Mon. No; es que tengo una idea que pienso po- ner en práctica hoy mismo: pedir informes de los Rovirosa á e^os parientes pobres.
Juan ¡Ah! hablarán mal seguramente; sentirán envidia de la posición que va á ocupar la otra.
Mqn. Sí, ya cuento con eso; pero yo buscaré el
termino medio. Juan Pues entonces, si le parece, mañana mismo. Mon. Hoy.
Juan Caramba, querido cliente, es que hoy tengo
en perspectiva una importante cacería, es- pero matar un corzo rojo; rufas simplicornis. ¡Ah! ¡Parece mentira que yo, que yo que he sido el terror del bisonte, del siervo, del ca- bicú, del aguti, aun no cuente en mi histo- ria un ciervo rojo; pero lo cobrarél Llevo unos perros magníficos. Del ciervo vulgar no hablemos, cervus campestres; los he mata- do a millares.
Mon. Es qiie yo neceesito acabar cuanto antes.
Juan En ese caso, firmaremos antes de partir,
usted téngalo todo dispuesto que yo apro- vecharé los momentos; las condiciones que facilitó no han variado en nada, ¿verdad?
Mon. En nada.
Juan Corriente. ¡Ah! le doy mi pésame por la
muerte del loro. Mon. Sí que lo he sentido.
Juan Era un hermoso ejemplar: Búceros plitacos.
Mon. Pero amigo, con aquel tiro... pulvis eris.
Juan ¡Conque voy á ponerme á ello!
Mon. Estoy deseando ultimar esto; si no fuese por la necesidad que tengo de casarme, los hubiera pulverizado á todos. (Mutis ios dos
foro derecha.)
ESCENA IV
MELENDEZ por la primera puerta izquierda. Al salir ha oído las últimas palabras
Mel.
No hay más remedio que escapar, porque lo que es yo no espero á la pulverización;
— 63 ~
en cuanto llegue el momento de la firma no tengo más remedio que decirle que Carmen es mi mujer, y eso, eso no se lo digo yo ni por cablegrama; además, que á mí no me han hecho ningún daño estos animalitos. (Por los pájaros.) Y en la segunda bromea no se escapa ni uno. Lo mejor es buscar una volanta y huir con mi suegra y mi mujer...
("Va á salir a tiempo que entran Pepeta y Rovirosa.)
Rov. He echado las cartas en una acequia.
Pep. Yo ni tuesto más, ni aguanto un momento
más.
Rov. Calma, Pepeta.
Mel. ¡Los Kovirosae!
Roy. ¡Hombre, Meléndez!
Mel. ¡Y dale!
Rov. Es verdad, sí, no me acordaba; bueno, pues
quería decirte que así no podemos conti- nuar.
Mel. ¿Por qué?
Rov. Porque mi futuro yerno, vamos tu gerente,
nos ha tomado por el pequeño de ia portera, ó como se diga, y una de dos, ó le llamas al orden y se casa, ó nos volvemos á Reus.
Mel. Bueno. Voy á llamarle.
Rov. ¿Te esperamos?
Mel. No, porque voy á llamarle al orden nada más.
¡A.h! si por una casualidad preguntan por mí, no digáis que me habéis visto.
Rov. Descuida; por más que desde que estamos
aquí, no he oído á nadie hablar de Meléndez.
Mel. Sí, es una orden que tengo dada. (Voy á
ver si encuentro la volanta.) Mutis foro de- recha.)
ESCENA V
PEPETA, ROVIROSA y MONDRAGÓN
Rov, Ascolta noya, ¿has tostado mucho café?
Pep. Como medio kilo.
Rov. Tendría curiosidad por saber en qué utiliza
— 64 —
tanto café molido, porque en los desayunos no debe ser.
Rov. Puede que sea un medio para probar tu
genio, al fin y al cabo como se va á casar contigo...
Pep. ¿Entonces á tí por qué te trata mal?
Rov. Pues por eso; como ai fin y al cabo no se va
á casar conmigo, le importa muy poco. Mon. (Entrando.) Hombre, ellos aquí. Aprovecharé
la ocasión. Rov. (a Pepeta.) ¡ Mondragón!
Pep. Ahora verá8: caballero, esto no puede corr-
tinuar, nos tratan ustedes como esclavos, y no estamos dispuestos..
Mon. Bien, bien. (Cuando se incomoda, también ésta se pone preciosa.) (con amabilidad.) ¿Quie- ren ustedes hacerme el obsequio de sen- tarse?
Rov. (Asombrado.) ¡Que si queremos! no faltaba más;
siéntate noya. (Vamos, hoy siquiera está ra- zonable.)
Pep. Ya era hora.
Mon. (sentándose.) Ayer presenciaron ustedes la es- cena escandalosa, en que yo recibí...
ROV. Sí, una... (Ademán de bofetada.)
Pep. Dos.
Mon. Tres... pero no recordemos eso. El hecho es, que después de lo ocurrido, la boda era im- posible.
Rov. (Aparte.) Ahora nos echa.
Mon. Pero yo he renuncia^— 4 toda idea de ven- ganza, porque estoy locamente enamorado.
ROV. (a Pepeta, ap&rte.) Dibuja Una Sonrisa. (Se son-
ríe y mira á Pepeta que no se ha sonreído.) Dibuja, mujer. (Se sonríe ella.)
Mon. Estoy locamente enamorado y ^decidido á casarme.
Rov. (a Pepeta, aparte.) Acentúa el dibujo.
Mon. Antes desearía tener algunos informes de la
familia, y, ¿de quién mejor que de ustedes
mismos?,
Rov. Oiga, y que le he de decir toda la verdad.
Mon. Así lo creo. Conque vamos á ver: ¿qué opi- nan ustedes de la familia de Rovirosa?
— 65 —
Rov. ¿Que qué opino de mi familia? Pues que
creo que es de lo mejorcito que sa conoce.
Mon. Me agrada que la defienda de ese modo, pe- ro aquí, en confianza, respecto á las mujeres, ¿no hay nada qué decir?
Rov. (¡Adiós, éste ha sabido lo de mi mujer!)
Pep. Caballero, las Rovirosa, han sido siempre la
honradez en persona.
Mon. En ese caso, mi prometida...
Rov. A eso debo contestar yo: Mire, la chica,
no es porque yo lo diga, pero como hacen- dosa y ahorrativa ya verá usted cuando se case.
Mon. ¡Qué suerte! Rov. ¿Y el padre?...
Pep. A eso debo contestar yo.
Mon. (Aparte.) ¿Por qué se repartirán las contesta- ciones? ..
Pep. Como hombre puede llevar muy alta la ca-
beza, y como cabeza de familia no tiene por qué bajar la cabeza.
Rov. ¡Eh! | Fíjele, fíjese!
Mon. Ya, ya. (Aparte.) Cosa más rara, unos parien- tes que hablan bien de otros parientes.
Rov. (a Pepeta.) Ahora con estos informes ya verás
qué bien nos trata.
Mon. (Levantándose.) ¡Bueno, vaya usted á buscar una mesa y usted un tapete!
p^J' | ¡Eh! (Asombrados.)
Mon . Y la traen ustedes aquí con unas cuantas sillas.
Pep. (indignada.) ¿Otra vez?
Mon. Es para firmar el contrato de capitulaciones.
Rov. (Muy contento.) ¡El contrato! Para el contrato
le traigo el tapete, las sillas, la mesa, el la- vabo, el brasero, lo que usted quiera. Gra- cias a Dios que me hace usted dichoso. Va- mos noya. (Hacen mutis Pepeta y Rovirosa foro derecha.)
Mon. ¡Pero qué alegría les ha entrado porque me voy á casar! Ya se lo pueden agradecer los Rovirosa.
5
— 66 —
ESCENA VI
MONDRAGÓN y MELÉNDEZ
Mel. Ni una volanta. ¡Atiza, Mondragón!
MoN. (intenta irse. Llamándole.) No Se vaya USted,
querido su* gro, tenemos que hablar. Aca- ban de decirme quién es usted.
Mel. (Aterrado.) Supongo que no hará usted caso de habladurías
Mon . Nada; todo lo perdono y def eo que hagamos las paces; porque supongo que usted no ha- brá dado crédito á esa estúpida historia de Anita.
Mel. ¿A lo de Anita? (Aparte.) Demonio; él mismo me salva; sí, porque ese pretexto... (Alto.) Pues sí señor que le he dado crédito.
Mon. ¿Cómo? Usted cree?...
MEL. (Con dignidad aparente.) Ya lo Cl'60 que lo Creo,
y sépalo usted bien. (Frescura, Meléndez.) Mi hija no pertenecerá nunca á un hombre que ti^ne una querida;' que ha llevado el luto y la desolación al seno de una familia; la discordia á un hogar, y aunque hay que tener en cuenta que es una mujer de re- chupete... Mon . ¿La conoce usted?
Mkl. No, no... pero casi todas las mujeres son de rechupete.
Mon. Pues bien, todo eso que está usted diciendo quisiera poder repetírselo yo al que haya tomado mi nombre.
Mel. A mí: ¿á mí que me va usted á decir? esas son disculpas.
ESCENA VII
DICHOS. FILOMENO con una carta
Fil. Mi amo, esta carta que llegó en el vapor
correo.
- 67 —
Mon. (a Meiéndez.) Con permiso. ¡El sello es de Es- paña! (Abre el sobre.) jEh! (Cae de la carta un pe- dazo de retrato.) cosa más rara, un pedazo de retrato.
Mel . (Que se ha ido acercando.) Parece letra de Anita. Mon. (Leyendo.) «Varonil Mondragón.» Mel. (Aparte.) ¡Sí, es de ella!
Mon. «Cuando con lágrimas en los ojos leía tu carta de despedida y besaba tu retrato, fui sorprendida por mi esposo. ¡Qué momento, Mondragón!»
Mel. (Aparte.) ¡Pobrecilla!
Mon. «Adiós. Te mando mi último recuerdo; y en cuanto al retrato, sólo pude arrancar el adjunto trozo de manos de mi marido: gra- cias á él te libro de su venganza. Tu apasio- nada Anita»
Mel. ¿Y ahora? Niegúelo us'ed ahora.
Mon. t/ero si yo no he conocido jamás á ninguna Anita. Además, ¿usted cree que esto (por el retrato.) puede ser mío?... Esta boca estú- pida...
Mel. (Aparte.) Pero que la ha tomado todo el mun-
do con la boca.
Fil. (Anunciando.) El señor Noguera.
Mel. (indignado.) ¡Que no estamos para nadie aho-
ra, hombre!
Mon . Sí; lo he citado yo: que pase.
ESCENA VIII
MONDRAGÓN, MELÉNDEZ, NOGUERA, foro derecha, y FILOMENO queda en el foro
NOG. (Filomeno queda aliado de Meiéndez. A Mondragón.)
Caballero, me dijo usted que estaría á mis
órdenes hoy por la mañana. Mon. Señor mió, jamás rehuyo un lance, pero
créame usted que se equivoca, yo no soy esa
persona que usted busca. Nog. ¿Que no? Ah, toda la noche la he pasado
— 68 —
añadiendo á estos pedazos los suyos: aquí he
puesto SU frente. (Sacando el retrato.) Aquí SU
nariz, y lo veo á usted clavado. Mel. (Aparte.) Dios te conserve la vista.
Mon. ¡Cómo! (Mirando el retrato.)
Nog. Sí señor, restos de un retrato de usted; mire
usted su firma. Mon. ¿Me permite usted?... Un momento nada
más.
Mel. (Aparte.) ¡María Santísima! Este une los pe-
dazos, me conoce y me hace pedazos.
MON . (Uniéndolos y mirando á Meléndez.) ¡Cómo! Sí; no
cabe duda...
Mel. (Aparte ) Ya está, (a Filomeno.) Oye, ¿qué po-
néis aquí en los chichones para curarlos?
Fil. Una moneda de plata.
Mel. Anda, cambia ese billete de mil pesetas, y
que no te den papel.
Mon . (Mirando.) El parecido es enorme.
Mel. (Aparte á Mondragón.) Por favor, no me pierda
usted.
Mon. (con alegría.) *¡Ah! (a Noguera.) Caballero, su retrato me ha puesto sobre la pista del infa- me que ha tomado mi nombre.
Nog. (con satisfacción.) ¿De veras?
Mon. Si quiere ue-ted volver dentro de una hora, quizás pueda presentarle al culpable.
NOG. Volveré, ya lo Creo. (Dirigiéndose á Meléndez.)
Usted que tiene autoridad sobre él, hágale que confiese el nombre del miserable. Mon . Descuide usted, que á la vuelta... (A la vuel- ta de diez años no me has encontrado toda- vía.) (Mutis Noguera.)
ESCENA IX
MONDRAGÓN y MELÉNDEZ
MON. (Mondragón se fija en Meléndez. Pausa.) Míreme
USted bien, Señor RovirOSa. (Meléndez bus<;a á su alrededor á Rovirosa, hasta que recuerda que es él.)
— 69 —
Mél. ¿Rovirosa...? ¡Ah, sí!
Mon. El miserable que se ba hecho pasar por mí, ha sido usted.
Mel. Servidor. ¿Por qué? Sencillísimo. Estaba yo
una tarde colocando montoncitos de azú- car...
Nog. Azúcar, ¿eh? Basta: no tiene usted disculpa.
(En el mismo tono que antes Meléndez.) Un hombre
que ha llevado el luto y la desolación al seno de una familia, la discordia á un ho- gar...
Mel. (reteniéndole.) Sí, y aunque ella es de rechu-
pete... precisamente esa ha sido la causa.
Mon. Pues bien, ya tengo tomada mi resolución.
Mel. (Aparte.) Lo que tarda ese con el cambio.
Mon. Elija usted: ó morir como un perro ó tran- sigir.
Mel. Transigir; no cabe duda; como un perro no
me parece decente morir.
Mon. Usted y su mujer, faltando á la palabra em- peñada, se niegan á darme la mano de su hija.
Mel. Mire usted, la verdad es que á la chica no-
le gusta usted. Mon. ¿Cómo que no le gusto? Pues menudas mi-
raditas me echa cuando está usted distraído. Mel. (Estupefacto.) ¡Eh! ¿No me engaña usted?... Mon. En eso estoy seguro. Mel. (-Caracoles!)
Mon . Por lo tanto, es necesario que hoy mismo quede firmado el contrato de casamiento con su hija.
Mel. Pero...
Mon. O de lo contrario le enseño el retrato á No- guera y...
Mel. No, nunca; cásese usted en seguida. (Aparte.)
¡Ay, de qué medios me valdría para irnos! Fil. Los convidados.
— 70 —
ESCENA X
DICHOS, JONÁS, (l) que saca un estuche con un aderezo. CORO DE PLANTADORES y después SEBASTIANA. Salen alcompás de la mú- sica con gravedad cómica
Música
I(A Mondragón.) Sallld. (Saludando.) (A Meléndez ) Falud. (A Mondragón.) Salud. (A Meléndez.) Salud. ^A Mondragón.)
Celónos colindantes y ricos propietarios, le damos nuestros plácemes con viva admiración.
Coro (ídem.)
Que el cielo de los trópicos alumbre vuestra dicha, y amor eternamente proteja vuestra unión.
No sé cómo expresaros mi eterna gratitud; qero, en fin, muchas gracias, salud. Salud. Halud.
MEL. (Aparte.)
Esta gente es muy tratable y, además, muy saludable; pero voy corriendo á ver si hay manera de que escape con mi suegra y mi mujer.
(l) Fíjense los directores en la nota final.
JOÑAS
Coro Jonás
Mon
JONÁS
Coro
— 71 -
Quiero salir de esta inquietud. (A ellos.) Salud.
Jonás Salud. Todos Salud.
(Mutis Meléndez primera puerta izquierda.) JONÁS (a Mondragón. Recitado dentro de la música, procu-
rando que se oiga bien.)
Un óbolo pequeño, simple ofrenda, partícula de afecto, poea cosa, colonos propietarios colindantes queremos ofrecer á vuestra esposa. No es dadiva preciada, es efeméride que señala una fecha venturosa, un óbolo pequeño, simple ofrenda, partícula de afecto, poca cosa.
Cantado
Mon. Tantas mercedes
no sé cómo pagar,
mi esposa en presentarse
muy poco ha de taidnr.
Yo les ruego, entre tanto,
que me dispensen un solo instante. Jonás Esperamos gust< sos.
Mon. Es una co^a muy importante.
(Mutis Mondragón.) JONÁS (Hace señas á los demás; se acercan y abre un es -
tuche.)
¡Helo aquí! Coro ¡Santo Dios!
¡qué rubí!
¡qué color!
¡qué matiz! Deslumhra nuestra vista y ciega nuestros ojos, flamígero el destello de alhaja tan sin par, son rayos los diamantes, centellas los zafiros, relámpagos las perlas.
— 72 -
Jonás ¡Es una tempestad!
(Saliendo )
¿Dónde estará mi yerno? ¿Eh, qué eso? ¡Una mujer! ¿Una blanca?
Sí, no hay duda. Por su aspecto debe ser. El momepto ha llegado, señores, atención, cantémosle primero el gran himno al amor.
(Se adelanta con seriedad cómica, y al llegar á Sebas- tiana canta extendiendo los brazos.)
Falanjes de querubes, el cielo tropical, cruzando lentamente van.
Pidiéndole al Altísimo que os llegue á conceder, una luna amorosa de eterna miel. ¡Viva Cupido! ¡gloria al amor! ¡que su perfume embriagador esparce pródigo en derredor! ¡todos cantemos en vuestro honor!
Hablado
PLANT. 1.° (A Jonás. ) Suéltele usted ahora el discurso. Jonás Voy. (se estira ios puños, etc.) Señorita.
SEB. Señora. (Con dignidad.)
Jonás ¡Ah! ¿Es usted viuda? Seb. Desgraciadamente.
Jonás (Aparte á ios Plantadores.) Me ha estropeado el párrafo de la dicha desconocida. (Alto.) Se- ñora: acepte usted esa débil muestra de
Seb.
Jonás
Coro
Jonás
— 73 —
nuestra admiración y de nuestro afecto en un día tan grande como el de hoy. (Le da el
estuche.)
Seb. (Aparte.) Debe ser aquí el Corpus.
Jonás Santo Domingo se siente orgulloso de unir- se á Cataluña y así lo indica en un refina- miento de delicadeza el dibujo que cubre la tapa del estuche. ¡Santo Domingo y Ca- taluña! Una palmera de la cual brotan ba- rietinas.
Seb. (Aparte.) ¡A qué vendrá esto!
Jonás Solo nos queda un deseo por formular. Se-
ñora: sea usted dichosa y que tenga muchos
hijos.
Seb. (con dignidad.) Caballero, ya le dicho que soy
viuda.
Jonás Eso no es un estorbo, puesto que va usted á volver á cacarse.
Seb. Está usted equivocado.
Jonás ¡Equivocado! (consulta con ios Plantadores ) En- tonces, permítame que la recoja el aderezo.
Seb. Ahí le tienen. (¿Por quién me habrá tomado?)
ESCENA XI
DICHOS, CARMEN, MELÉNDFZ y MONDRAGÓN
Car. (Saliendo primera puerta izquierda.) Mamá, mamá.
Seb. ¿Qué ocurre?
Car. (Aparte.) No sé; mi marido que se ha empe-
ñado en que me disfrace de negra y me vaya con él.
Seb. ¡Qué locura!
Mel. (a Sebastiana.) Es costumbre.
Mon . (a Jonás.) ¿Qué les parece mi prometida? (por
Carmen.)
Jonás (a los demás.) ¡Por fin, esta es!
Música
Falanjes de querubes, el cielo tropical, cruzando lentamente van.
— 74 —
Pidiéndole al Altísimo que os llegue á conceder, una luna amorosa de eterna miel.
(Se descubre adelantándose.)
Hablado
Plant. 1° ¡Suéltele usted el discurso! (Mondragón habla en el foro con Filomeno que aparece.)
Jonás Voy, señorita. Car. Señora.
Jonás (¡También viuda! lo que es ese parrafito me
lo Como.) (Vuelve Mondragón al proscenio.) Seño- ra: acepte usted esa débil muestra de nues- tra admiración y de nuestro afecto, en un día tan grande con el de hoy.
Car. (a Sebastiana.) ¿Qué día es hoy?
Seb. Por el deseo de tu marido, me parece que
es carnaval.
Jonás Santo Domingo se siente...
MON . (Mirando en segundo término ) Señores: Don Juan
Nepomuceno.
Jonás Caramba, me han dejado la oración sin acabar.
ESCENA XII
DICHOS, RO VI ROSA, con una mesa; PEPETA, con un tapete; DON JUAN NEPOMUCENO, con una escopeta de dos cañones y ocho pe- rros de caza
Rov. Aquí está la mesa. Pep . Y el tapete.
Seb. (AMeiendez.) ¿Para qué traen eso?
Mel. No sé; creo que esperan á un prestidigita-
dor.
JUAN (Entrando con seis perros de caza y una escopeta de
dos cañones.) ¿Se puede pasar? Mel. (a Sebastiana.) No, pues no era un prestigia- dor, era un lacero.
— 75 —
Juan (a Mondragón.) Usted perdone, querido clien- te, pero ya sabe que de aquí parto á la ca- cería.
Mon. Si le parece, los perros...
Juan Sí. (a Rovirosa)
Mon . Llévese estos perros y enciérrelos en el patio. Rov . (cogiéndolos ) ¿ M uerden ? Juan Cuatro nada más.
ROV. ¡AnimalitOSl (Mutis con los perros y vuelve en se-
guida.)
Seb. (a Meiéndez ) ¿Pero vamos á quedarnos nos-
otros?
Mel. Yo creo que corno testigo?...
Car. Sí, será curioso mamá.
SeB . Bien (se sientan todos formando un círculo, alrede.
dor de la mesa en la siguiente forma: En primer tér- mino izquierda del público Mondragón, sigue Jonás y Plantadores, los que no quepan, se colocan detrás. En el centro, el velador. Primer término, derecha, ( armen; después, Sebastiana; después, Meiéndez; después, Kovi- ros, y después, Pepeta. El Notario se quita la escopeta y la deja sobre la mesa en forma que los cañones apun- tan á Jonás y dice éste.) JONÁS Un momento. (Entonces ce-ge la escopeta y la vuel-
ve y la pone apuntando á Meiéndez. Entonces Meién- dez la coge )
Mel. Otro momento. ¿Está cargada?
JUAN Los dos cañones. (Meiéndez la pone apuntando á
Sebastiana y ésta se levanta asustada. En vista de esto Rovirosa la coge y la pone en un rincón.)
Mon. Cuando usted quiera, don Juan. Juan Voy á leer las principales cláusulas del con- trato.
Jonás (Ahora es la ocasión.) Un momento: Santo Domingo se siente.
Mel. Que se siente.
Jonás Bien: lo diré después.
Juan Ante mí don Juan, etc., etc.. comparecen de una parte don León Mondragón etc. . y de otra la señorita Emilia, María, Luisa, Josefa, Rovirosa. ¿Hlstán bien los nombren?
Rov. (Levantándose.) Divinamente.
Mon. Siéntese y calle.
Juan Ambos en el pleno uso, etc.. Primero: el se-
- 76 —
ñor Mondragón, prometido esposo de la se- ñorita Rovirosa reconoce á favor de ésta una dote de veinte mil duros. Todos ¡Bravo! ¡Bravo!
Rov. (Levantándose y yendo hacia Mondragón.) EpiCO,
espartano, no esperaba menos de usted. Mon. ¿Y á usted qué le importa? (a Meióndez.) Ha- ga usted el favor de decirle que se esté quieto.
Mei . Siéntate, espartano.
Mon. Qué afecto les tiene á ustedes. Siga.
Juan Segundo: el señor Mondragón cede igual-
mente á su prometida la propiedad de la finca conocida con el nombre de Granja de los bananeros, situada en el distrito de Ba-. rahona.
ROV. (Se levanta llorando.) ¡Más todavía! (Yendo hacia
Mondragón.) ¡Corazón magnánimo!
Mon. ¿Me quiere usted dejar en paz?
Rov. Epico, (a Pepeta.) Es brusco, pero á despren-
dido no hay quien le gane.
Seb. (a Meiéndez.) Todo eso que le ofrece te lo ha-
brá robado á tí seguramente.
Mel. Sí; pero vaya usted á probárselo.
Juan Tercero: el ya citado Mondragón deseando dar una prueba de simpatía á su padre y madre políticos...
Rov." (Levantándose.) No, á la madre no, desgracia- damente. (Solloza.)
Mel. (Aparte.) ¡Quieres callarte!
Rov. Pero si la madre no existe.
Mel. Mejor, las dos partes para tí.
Rov. ¡Ah! Mire, siendo así...
Mon. Voy á tener que tomar una determinación con ese hombre.
Juan < ..... A su padre y madre políticos les recono- ce una renta anual de veinte sacos de café caracolillo durante toda su vida.
Todos ¡Bien! ¡Bien!
Rov. (Llorando.) ¡Y de caracolillo!
Mon. (a Sebastiana.) ¿Qué le parece á usted, señora?
Seb. (con indiferencia.) ¿Qué quiere usted que me
parezca?
Mon. (Aparte.) Por lo visto le parecen pocos. (Alto.)
1 77 —
Querido don Juan, añada usted diez sacos más.
Rov. (Levantándose.) Nunca, eso sería ya abusar.
Con veinte hay bastante; yo apenas lo pruebo.
Mon. O se calla usted ó mando que lo encierren con los perros.
Rov. (sentándose.) ¡Alma generosa!
Mon. (a Sebastiana. ) ¿Y treinta son bastantes?
Seb. (a Meiéndez.) ¿Pero á qué me consulta á mí?
Mel. Una galantería; como yo soy quien soy... (do
lo sabes bien.)
Seb. ¡Ah, vamos! (a Mondragón.) Está bien, lo úni-
co que tiene usted que tener en cuenta es si puede disponer de esos sacos.
Mon. De esta finca saco más.
Seb. (a Meiéndez.) ¿Lo ves cómo te roba?
Mon . (a carmen.) ¿Deseas que conste alguna otra cosa ó se cierra, sol mío?
Pep^ ( ¡¡Ehü (Todos se levantan.)
Seb. Esto ya es intolerable.
Mon. Pero en qué quedamos, ¿puedo ó no puedo
hacerle el amor? Seb. ¿Usted hacerle el amor á mi hija? ¿Quién
ha autorizado esa infamia?
MON. El Señor. (Por Meiéndez.)
Car. ¡¡Tú!!
Mel . ¿Pero no recuerdas la torta que le di? Mon. Vaya, esto es demasiado y necesito una sa- tisfacción. Señores, háganme el favor de
pa8ar aquí: y vosotros (A Rovirosa y Pepeta.)
¡servirles dulces y cañas
Rov. Que me maten si lo entiendo.
Jonás (a los plantadores.) Por lo visto hay otra equi- vocación, (a carmen.) Señora, yo suplicaría á usted que me devolviese el aderezo, hasta...
Car. Sí, sí; y en cuanto me vengan otra vez con
él los echo a todos á la calle. Jonás Voy á tener que suprimir lo de gran día.
- 78 —
ESCENA XIII
MONDRAGÓN, CARMEN, SEBASTIAN y MELENDEZ
Mon. Ea, acabemos de una vez. Mel. Yo le explicaré...
Mon . No, usted no; con las señoras es con quien
necesito entenderme. Seb. (a Carmen.) Aquí sucede algo extraño; trata
de alejar á tu marido. Car. (a Meiéndez.) Tráeme la sombrilla que me he
dejado arriba.
Mel. (Dejarlas solas jamás.) Luego la recogere- mos.
MON. Vaya UPted Ó... (indica que saca el retrato.)
Mel. Sí, sí, voy. (Mañana el gran café de los Tró- picos, cerrado por defunción.) (Mutis.)
ESCENA XIV
DICHOS, menos MELENDEZ
Mon. ¿Me explicará usted por fin por qué se opo- ne á la voluntad de su marido?
Seb. ¿Mi marido? Murió hace dieciocho años.
Mon. ¡ Ahí entonces se ha vuelto usted á casar con el señor Rovirosa.
Seb. ¡Eh!... ¡con el señor Rovirosa! ¡Si apenas le
conozco.
Mon. ¿Qué apenas conoce usted al señor que me.. ?
(Indicación bofetada.)
Car. Tero si el que le pegó á usted fué mi ma-
rido.
Mon. ¿Su marido ó su padre?
Car. Mi padre murió hace dieciocho años.
Mon. • Que no lo entiendo, ea. ¿El señor Rovirosa no es su marido de usted?
Car. Rovirosa, no; Meiéndez.
Mon. ¡Meiéndez! ¡ Ah! ¡pero ha venido otro con- vidado!
Seb. Meiéndez es su amo de usted.
Mon. ¡Mi amo!
Seb. Claro: ¿no es usted su gerente?
— 79 —
Mon. Señora, aquí no hay más dueño ni más ge- rente que yo.
Car". ! ¡¡^ted!!
Seb. Entonces Meléndez, ¿qué es?
Mon. Pues un folletín de los más intrincados.
Cak. ¿Pero á qué ha venido?
Mon . A ofrecerme la mano de usted que, según
él, es su hija, según usted es su marido y,
según la señora, no eé lo que será. Seb. ¡Qué monstruo! ¡Nos ha engañado!
Car. Entonces, el viaje que hacía todos los años
á esta posesión... Seb. Pretexto: acaso para una infidelidad.
Car. (Llorando.) Quizá tenga una querida.
Mon. La tiene: se llama Anita. Seb. Anita es la de usted, caballero.
Mon. ¿Conque la mía? (Enseñando el retrato.) ¡Fíjese
usted!
Seb. ¡infame! Luego la carta que le cogí era pa-
ra él.
Car. ¡Ay, mamá! yo quiero divorciarme.
Seb. Pero antes es preciso castigarle duramente.
-Mon. Yo me encargo. (Llamando.) ¡Filomeno! Fil. ¡Amo!
Mon . (Aparte á Filomeno y fuerte que lo oiga el público.)
Dile al señor Noguera de mi parte que el sujeto que busca, es mi futuro suegro. Fil. Está bien. (Mutis.)
Mon. ¿De manera que Rovirosa por lo visto no existe?
Seb. Rovirosa y su hija son esos infelices que
usted ocupa en las labores del ingenio.
Mon. ¡¡Ellos!! Y yo que los he tratado como cria- dos. ¡Ah, necesito darles una completa sa- tisfación!
ESCENA XV
DICHOS, ROVIROSA y PE PETA que saien con bandejas de dulces y cañas
ROV. (Con una servilleta al hombro.) ¿Qué les SÍrVO á
las señoras, caña ó curasao?
- 80 —
Mon . (Abriendo los brazos y dirigiéndose á él.) ¡Usted
no sirve!
Rov. (Huyendo.) No, por Dios, que he hecho todo
lo que me mandó. Pep. ¡Y han quedado satisfechos!
Mon. (Abrazándole ) Aquí, á mis brazos, fuera esa
servilleta, y usted, señorita, me perdonará
que la haya hecho tostar café; y usted lo de
las cartas. Rov. No, si no las eché.
Pep. Pero yo sí testé.
Mon. Filomeno: que salgan los invitados y el No- tario y todo el mundo. Gracias á Dios que se aclaró el horizonte.
ESCENA FINAL
DICHOS, MELÉNDEZ, JONÁS, DON JüAiN NEPOMÜCENO, Invita- dos, poco después NOGUERA y FILOMENO
Mel. (con la sombrilla.) ¿Qué habrá pasado? ¡Car-
mencital...
Car. Caballero, todo ha acabado entre nosotros.
Mfl. ¡Todo!
Seb. Lo sabemos todo.
Mel. ¡Todo!
Seb. Los tribunales se encargarán de usted por
adulterio y usurpación de nombre.
Mel. (ai público.) El café de los Trópicos cerrado
por seis años y un día de prisión correccio- nal.
Mon. Señores: tengo el gusto de presentar á uste- des á la señorita Rovirosa, mi verdadera pro- metida así como á mi verdadero suegro, (por
Rovirosa.)
NoG. (Sale al oir las últimas palabras.) ¡Su Suegro! ¡Ab,
miserable!... (Corre tras él.) Rov. No, por Dios, que yo lo he hecho todo bien.
Mon. (sugetándoie ) ¿Qué va usted á hacer? Nog. Matarlo, gracias á usted.
Rov. ¡Caramba con mi yerno!
Mon. Espere usted, que hay una equivocación.
El que usted busca...
— 81 -
Mel. (1 Mondragón.) Por su madre de usted, no me
descubra hasta que me vaya. Mon. Después de todo, á mí qué me importa. (Á
Noguera dándole un retrato de la esterilla.) El Moil-
dragón que usted busca es un primo mío que ha huido á Australia; pero ahí tiene us- ted su retrato completo.
Nog. ¡Ah, por fin! Es tal como me lo había figu- rado; no se me escapará, no.
Mel. (á Mondragón.) ¿Qué retrato le ha dado usted?
Mon . Uno que andaba por ahí rodando del dueño anterior.
Mel. ¡Escoriaza! Me alegro por haber vendido la
finca. (Sale Filomeno con los perros y se dirige á Meléndez.)
Fil. ¿Son para usted estos perros?
Mel. ¿Perros? Hombre, yo te dije que todo plata.
Mon. Y ahora, querido don Juan, cuando usted quiera.
Joñas Un momento. (Á Pepeta.) Señora. Pep. (con dignidad.) Señorita.
Joñas Por fin voy á soltar el párrafo de la dicha desconocida.
Música
Falanges de querube?, el cielo tropical cruzando lentamente van.
Pidiéndole ai Altísimo que os llegue á conceder, una luna amorosa de eterna miel.
(Ataca la orquesta el Himno del amor y va cayendo el telón.)
FIN DE LA OBRA
ADVERTENCIAS
Rogamos á los señores Directores de escena cuiden bien lo relativo á los trajes en los actos segundo y tercero, sobre todo el coro de plantadores. En Madrid se vistió en la forma siguiente: Sombrero de copa gris claro. Levitón del mismo color. Cuello alto de pajaritas exageradas Chalina hecha con lazo grande. Chaleco claro. Pantalón blanco. La mayoría debe llevar una luchana á estilo yanqui y la tez bronceada.
Los negros y negras, que se pinten la cara... es molesto ipero que se le va á hacer!
El Notario, en la primera salida, pantalón blanco, america- na de hilo crudo y sombrero de paja; en la segunda, con arreos de caza y el traje consiguiente.
, * •
En las poblaciones donde domina la mogigatería (que la3 hay), llamamos la atención de los Directores de escena para que sustituyan la palabra querida, por otra ú otras sinónimas pero más suaves, como amante, trapicheo, lío, etc., pero no utilizando una sola, sino variándolas en el curso del diálogo.
En toda la región catalana, debe suprimirse por si pudiera molestar (aun cuando ni en la intención ni en la forma se ha querido hacerlo) la frase de Rovirosa, la lengua catalana y el dialecto castellano.
El número de la caza de la serpiente, se ruega sea puesto con todo el movimiento y animación posible.
Aunque al describir la decoración del primer acto se ha hecho de modo que resulte lo menos complicada y más eco- nómica posible, se ruega á las compañías que puedan esme- rarse más, no dejen de hacerlo, presentando el trozo central de un baico con su chimenea, cordaje, etc. No obstante, no lo consideramos esencial, ni lo hacemos cuestión de amor propio.
i
os ejemplares de esta obra se de venta únicamente en el Despacho O tral? Arenal, 20.
Precio: DOS psssias